CON LOS OJOS CERRADOS, Ariel Araya

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Imagen: Vestido eterno, por Flor Garduño

… Vuelvo a cerrar los ojos y por intuición, o por olfato, o sólo por una necesidad de labios es que me voy acercando hasta que la punta de tu nariz me detiene; hay un instante de necesaria duda, de arrepentimiento prontamente frustrado, para luego dejar caer mi mejilla en lo que debe ser tu tierno pómulo. Hay una conexión de rompecabezas, el encuentro de la pieza perdida, al tiempo que huelo todo eso que no se huele cuando duermo más, cuando sueño, e irremediablemente, y sin explicarme aún la razón, recuerdo cómo esos tres niños me perseguían, cómo yo corría con agitación de desespero. Y si en ese momento lloraba, ahora noto una pequeña sonrisa que sólo alcanzan a percibir tus labios, me preguntas ¿qué pasa? Y yo con los ojos más cerrados que nunca respondo que nada, cuando en realidad ocurre todo, y me reprocho el haberte mentido, el haber interrumpido el místico ritual erótico de ambos, ahora pájaros en celo.

Ya no sirve el reproche, así que con fuerza de orgasmo agarro tu mano, acerco tu cuerpo que con cada segundo se torna más agitado, poso tu mano en mi nuca, y ahora eres tú la que abalanza tu boca a la mía, que se compacta como luna a la noche. Se deja llevar por movimientos originales, audaces, movimientos que empiezan y acaban, forman una cadena de eslabones distintos, cada cual más osado, buscando encendernos como un fósforo a un cigarro caro.

Y así, y sólo así es como me gusta hacer trabajar a mi lengua, la hago entrar y salir rápidamente, la detengo unos momentos perdidos en tus labios y lentamente la hago bajar a tu mentón donde maniobro un suave mordisco, por ahora inocente, que luego se tornará más agresivo a la hora de situarse en tu cuello, a la hora de escuchar ese pequeño gemido que acompaña el apretón de tu mano en mi nuca y el apretón de mi mano en algún lugar tibio de tu cuerpo, de seguro entre las caderas y tus muslos.

Y es así, así es, es ahora cuando los labios se tornan violentos, al igual que nuestras manos, al igual que el roce de nuestros estómagos, y yo muerdo lo que encuentre vivo con olor a ti, te siento tan cerca, tan desesperada que tu boca toma ese sabor a mi boca, y ojalá pudiera morir en este momento para hacerlo feliz, ya que nada duele ni preocupa, todo es inusualmente agradable, todo es tan perfecto hasta que cometo el error de abrir los ojos y darme cuenta que tú ya no estás ahí, que hace mucho que ya no estás, en cambio sólo hay otra botella de vino a medio tomar que me mira deseosa, yo prendo un cigarrillo que a fuertes bocanadas acompaña las lágrimas que honran tu recuerdo… Cómo duele extrañarte y cómo duele que cada día se haga más necesario, sólo me queda agachar la cabeza y luego de un par de tragos vuelvo a cerrar los ojos y por intuición, o por olfato, o por sólo una necesidad de labios…

Fogata

Ariel Araya, alias Fido Dido

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Estaba bastante aburrido, eran esas noche de verano cuando tus primos se habían ido, tus papás están cansados, tus abuelos viejos, tu hermanito te sobrepasa, eran esas noches cuando era necesario un buen vino tinto mierda, y unos cigarrillos, unas chiquillas, y risa total po’h loco. Así que salí, me dirigí a la botillería, compré un Cepas del Valle tinto, una cajetilla de Derby rojo, un encendedor y emprendí rumbo hacia el bosque, gracias a ese instinto de lobo que tengo, o de árbol. Recolecté los mejores palos posibles, recordé todo lo que me habían enseñado los scouts y encendí una fogata tan calurosa, que hacía que el verano se viera con frío.

Me senté a su lado, prendí un cigarro, abrí la caja de vino y le di un gran sorbo, cuando a mi alrededor, vi a un montón de gente bailando en torno al fogón, riendo, cantando, fumando, tomando… ¡Guau! jajaja, mi sueño se convertía en realidad sin la necesidad de un mago. Comencé a carretear como nunca antes había carreteado, y eso que soy harto carretero. Recuerdo haber besado a tres minas, haberle hecho el amor a dos (al mismo tiempo), imitar a Michael Jackson con el paso para atrás y todo, cantar tres canciones de improvisación y creación propia con profundo éxito, probar 6 drogas distintas y tener ocho y medias alucinaciones, agarrarme a combos con el capitán del equipo de basketball y ganarle de forma bastante humillante para él, tocar guitarra en una tarima, ganar un duelo de cortos de tequila con un mariachi zapatista y hacer el amor de nuevo, ahora con una mulata a la cual le provoqué siete orgasmos, dos al unísono, tres en cadena y dos separados por unos veinte minutos, pero que me aseguraron amor eterno. Luego, algo cansado, pero vigoroso para muchas horas más, me senté al lado de la fogata, prendí un nuevo cigarro, abrí una caja de vino blanco, Hermanos Carrera, riquísimo), le di un gran sorbo y de repente a mi alrededor ya no había nadie, sólo la fogata que ardía con fuerza. Me quedé pensativo, esperando una explicación, cuando sentí ruidos a mi espalda,-Claro, aquí viene mi negra…- pensé, pero no, era mi papá con una correa que me dio firme, junto a mi mamá desesperada al ver cómo su niñito fumaba y tomaba vino y en caja. Y aquí estoy, castigado por todo el verano, realmente no sé como sucedió y ni me importa, pero desde ahora sé que mi oficio y mi vocación es hacer fogatas por el mundo.

Bitácora: Junio del 2007, 6 de la mañana

 

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Ya son quince días de caminar y caminar, de tortuoso escape tratando de no levantar sospechas. Tengo hambre, tengo sueño y los pies ya no parecen los míos, ni mi cara, ni siquiera mis enfermos sentimientos.

Hay que ser paciente, ya no puedo cometer errores. Necesito cruzar a Argentina, a Bolivia, o donde sea… Tengo que desaparecer de aquí, nunca he sentido tanto miedo, horror… Sí, horror es la palabra, algo que yo, Rafael Maureira, jamás había sentido.

Pero ahora es diferente, porque sé que si me llegan a atrapar, me convertiré en un inocente niño…

Y tal vez Dios me encierre en una depravada celda, conmigo mismo.

Zacarach. (más…)

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Published in: on 04/09/2007 at 8:56 PM  Comments (4)  

SILENCIO DE UN COMPOSITOR SORDO, Daniel Murúa

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Imagen: Chema Madoz, fotógrafa mexicana

 

La música fluye y está en todos lados, no la percibimos, no, claro que no. Cuando escribía música antes no prestaba atención a los colores y sabores de la música, no, tuve que perder aquel oído que era mi sordera mayor. Es cierto, quizás ya no compongo gigantescas sinfonías de maestría universal, pero ahora me siento más tranquilo.

Antes podía escuchar como los acordes mágicos rondaban por todo el lugar, podía tomarlos y crear nuevos acordes, que de nuevo no tenían más que de ser los mismos sonidos en distinto orden. Es curioso como opera nuestra mente, yo era incapaz de crear nuevos sonidos, sino al contrario tomaba lo creado transformándolo y recreándolo, los ruidos, la música ya escrita, las voces, todo eso que entraba en mi cabeza y no me dejaba crear, estaba inmerso en una prisión auditiva de clichés pastosos.

Todo cambió aquella noche, que si bien en un inicio fue triste, y con todo su drama incorporado, hoy la verdad es que me alegra. Un buen ciudadano de verde disparo su revólver muy cerca de mi oído, para evitar un asesinato; por supuesto, ese buen servidor público jamás pensó que hacer fuego al lado del oído de una persona podría dejarla sorda, en mi caso ocurrió, no se pediría nada más de un hombre de verde.

Como sea, aquel incidente que en un comienzo me fue lastimero, hoy en día agradezco la puerta que me abrió. He aprendido que la música aún está ahí, sin necesidad de escucharla. Hoy día puedo saborear el rojo y sentir los ritmos de la emoción en mi cabeza, puedo tararear sin saber qué tarareo y aun así saborear los compases que brotan de mis labios.

Aunque no lo crea mi incrédulo amigo, aún puedo escuchar. Tengo la habilidad de saborear las melodías ásperas de un violín y diferenciarlas perfectamente de los gustos lujuriosos del piano. Puedo sentir el aroma a jungla y bosque brotar de los oboes, y palpar con lujo de detalle un Do sostenido en guitarra, cual cuerpo etéreo de exquisito bailar.

La verdad es que hay más sentidos que sólo 5, y lo más terrible es que pareciera que estos 5 sentidos nos destrozan la habilidad para desarrollar los otros, quizás por esto debería ser un agradecido al haber perdido el oído. Ahora me pregunto si acaso un ciego verá mundos más hermosos que el nuestro, o si un sordo de nacimiento sería capaz de crear una música totalmente nueva. Quizás deberíamos aprender a hacer callar nuestros sentidos para expandirnos hacia el infinito. Quizás debería callarme, pues dudo que entre tanto chillido alguien escuche a un loco que volvió de más allá de las puertas.

Me agrada el sabor al silencio, tiene gusto a nada, pero a la vez sus múltiples aromas inundan mi paladar, me hace recordar como se ve tras el otro lado de la imaginación…

 

La Pipa de Pepe

 

 

 

Muchos de mis conocidos se preguntan el por qué de mi adicción al tabaco, y de todo he escuchado al respecto: que tengo un deseo de autoeliminación por ejemplo o que me gusta llamar la atención fumando bastante. Si tan solo supieran las puertas que me abren el humo y el olor tranquilo de las hojas cubanas secas, de los tallos secos de virginia, de incluso el aroma negro de un buen cigarrillo consumiéndose en mis labios. Qué variedad de mundos desfilan entre esa nube pastosa y con aroma a antiguo, a calma y a tranquilidad, qué infinitas posibilidades veo yo en esa masa etérea que para muchos es asquerosa, mientras que para mí es el barro ansioso de ser trabajado.

De seguro sentir el aroma del humo es escuchar la voz de mi abuelo diciéndome “perro viejo” o “cholo querido”, es pegarme un salto espacio-tiempo a momentos mejores, cuando todos mis problemas se solucionaban con un trozo de manjar blanco, o un viaje al campo. Es por esto que el humo me arroja imágenes de mi abuelo sentado en su sillón, con su pipa encendida, o su buen puro, contándome historias divertidas de cosas que jamás existieron y que nunca ocurrieron. Cómo olvidar la vieja broma de arrojar una bocanada de humo sobre mi cara y escuchar su risa tan cariñosa y tierna, risa que ocultaba un recuerdo doloroso y siniestro. Prender mi pipa es recordar el día en que a los 5 años escuché lo que sufrió mi abuelo por un chiste y por una ideología. ¿Tortura de una semana por un chiste? Así parece que era entonces.

El olor a tabaco, su sola presencia es para mí viajar en el tiempo a momentos agradables y también tristes. Prender mi pipa y ver arder las hojas es ver mi primer fogón en un campamento, es recordar mi patrulla, es entremezclar aroma a hierba y olor a humo, ilusión y realidad. Tocar el humo y sentir su suave tacto es poder palpar la ficción, un placer extremadamente extraño al parecer. Saborear el humo es escuchar los cuentos de mi abuelo.

Una vez un amigo me preguntó por qué siempre que fumaba un cigarro, miraba tanto el humo, nunca le respondí por temor a ser tratado de loco, no sería una gran novedad eso. Pero la verdad es que no sólo miro el humo, también intento escucharlo, saborearlo, sentirlo, por que es un pasaje a lo misterioso, lo incoherente, lo irreal, lo irracional, en fin. Para mi el humo es ese portal, por que para mí, el humo la puerta.

Terminada su reflexión, vi apagarse la pipa de Pepe súbitamente, y desaparecer entre la espesa niebla que cubría el lugar. Jamás supe si Pepe existió, o si solo fue un invento de mi imaginación, pero cuando camino entre la neblina suelo sentir un leve aroma a tabaco quemándose, y entonces recuerdo el relato de aquel que viajaba entre fantasmas y mundos de humo. (más…)

Published in: on 20/07/2007 at 2:34 AM  Comments (1)  

DEJA VU INVERSO, Marlen Campos

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Caminaba lentamente por el sendero que condujo nuestros pasos aquel día de lluvia y sol. En pleno verano, cuando nos conocíamos. Sólo que dos años después tratando de sentir aquello que nos sucedía cuando pasábamos por ahí… recordaba el sabor de las manzanas que mordíamos fuertemente y cómo ambos tratábamos de sacar el pedazo más grande. Recuerdo qué era verla, recién tomada de uno de los árboles de la quinta donde está esa casa vieja que compraron mis papás hace un par de años.

Recuerdo también el desconcierto que sentí al perder la sensación de gusto, cuando esa abeja enterró su lanceta en mi boca, mientras yo la habría para morder la hermosa manzana que había sacado para que la disfrutáramos aquel día por la tarde… Es que nada hoy puede ser igual; alimentarse sin siquiera sentirle el sabor a las comidas es como vivir sin poder mirar… ¿Entiendes lo que digo?

Todo terminó mal aquella tarde, es que ni siquiera habíamos comenzado y yo ya no era la misma, a pesar de la tremenda vergüenza que pasé.

Hoy, después de treinta años, y sólo con la perseverancia que he logrado asumir, de a poco he vuelto a sentirle el sabor a las comidas, pero es lo mínimo y creo que moriré sin poder degustar como en aquellos años de juventud los deliciosos sabores de las comidas, esos deliciosos porotos negros que preparaba la tía Claudia, en las frías noches de invierno; los helados que hacíamos en el campo cuando nevaba, de los chocolates artesanales rellenos de manjar con nueces que fabricaba mi abuela y vendía en el pueblo de San Patricio, a la gente rica que habitaba ahí desde ya varios años, abuelitas como ella que buscaban la paz para disfrutar de sus últimos años de vida y que siempre se los regalaban a sus hijos y nietos en las visitas que ellos les hacían. Hermosos sabores, compactos, insistentes… Y ahora tan lejanos, apenas empozados en la memoria.

Published in: on 11/07/2007 at 1:56 AM  Dejar un comentario  

OKAGE (o “el cuco es famoso en todo el mundo”), Paula Martínez

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– ¡El cuco! ¡El cuco!

Y corro. Mi mamá me había dicho que el cuco no existía, pero me acaba de decir “¡Bú!”, entre las oscuridades medio heladas y con olor a cortina de mi pieza. Me dan ganas de llorar, pero apenas siento el calorcito rico de la cocina de mi casa, el tap-tap de mis pasos contra la arcilla apisonada del piso, y la voz de mi abuela diciéndome “¿qué pasó, mi niñita linda?”, se me va el miedo altiro . Como si nunca hubiera estado ahí.

La mami-abuela me envuelve en su olor a crema dulce y pan, y me acaricia la cabeza. “Mami, el cuco apareció en mi pieza, y me quiso comer”. Se ríe pausado , despacito, como si tuviera todo el tiempo del mundo para reírse. “El cuco no existe, mijita, ¿cómo se le ocurre?”… “Pero, échale al Pancho igual, mami, pa’ que lo espante y no me coma…”

Y como apoyando mi propuesta, el Pancho comenzó a ladrar con fuerza desde su casita roñosa del patio. Ya me podía imaginar su aliento hediondo en mi cara – olor a baño, decía yo, y mi mamá se reía – y su pelo largo que me hacía cosquillas burlonas. “No poh, Danielita, dejemos descansar al Pancho que está tan viejo, el pobrecito…”. “¿Los perros se ponen viejos, mami? ¡Pero si el Pancho siempre ha sido viejo, porque siempre ha tenido el pelo blanco!”

La hago reír otra vez. Me gusta hacerla reír, arruga los ojitos como si los hundiera dentro de sus mejillas. “Yaaa, yaaa… A mí me parece que al cuco no le gusta la leche, y si te viera tomando leche, yo creo que saldría arrancando, y no volvería más del puro susto. ¿Qué te parece?”Me gusta la idea. Espero mi mamadera mirando los bracitos del reloj jugando al corre-que-te-pillo, y cuando la recibo, saboreo con ganas esa tibieza con olor a plástico y a leche Purita.

Y ese sabor latigudo, olor dulce y amable, me hace olvidar que hay monstruos en mi pieza.

O , más bien, recordar que me pareció oler el perfume algo atontante de mi tío en la oscuridad.

 

Instrucciones para sobrevivir el encierro entre cuatro paredes grises

Paula Martínez

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En primer lugar, deje de rasguñar las paredes como si fuera claustrofóbico – no olvide que usted es agorofóbico, cuidado con perder su identidad-, y párese en medio de la habitación gris. Contextualícese: estamos en el siglo veintiuno y, quiéralo o no, la imagen en blanco y negro ya pasó de moda, así que procure conservar sus colores, y no confundirse con la escala de grises del papel tapiz (tenga cuidado de no convertirse en arco iris: recuerde que en el equilibrio está la fuerza).

Una vez que haya aceptado la idea de que está encerrado y haya recuperado su colorido antinatural, imagine una ventana en el centro de una de las paredes. Olvídese del diseño, o de si prefiere las persianas a las cortinas: focalícese en un cuadrado con buena luz, ya podrá pensar en el buen gusto después.

Ya tiene luz. Ahora , imagínese un rumor de peces desorientados, el canto de un opereta fuera de forma, el enfriamiento del calentamiento global, el ballet en un partido de basquetball y proceda a saltar, bailar y chocar contra las paredes como si fuera una feliz y despreocupada pelota vasca.

Si ya ha entrado en calor, está listo para seguir adelante con la siguiente instrucción.

Recuerde las “Instrucciones para cantar” de Julio Cortázar – ¿Cómo? ¿No ha leído aún “Historias de Cronopios y de Famas”? ¡No sea sacrílego! ¡Corra inmediatamente a leerlo!- y comience a cantar lo primero que se le venga a la oreja. Procure que sea una exquisita pieza musical – como un reggeaton, por ejemplo -, y no un mamarracho de ésos que suenan ahora en las radios – ¿Un tango? ¡Por favor, qué falta de cultura…!-

¿Ve cómo la habitación cambia, y se vuelve un poco menos estrecha? Significa que, hasta ahora, ha seguido correctamente las instrucciones.Prepárese para la siguiente.

Como el reggeaton no era lo suficientemente largo, se ha quedado usted sin pasatiempo. Pues bien: agarre un trozo de carbón – si no tiene, puede pedirle uno prestado a su vecino de habitación, el protagonista de la película “Fuga”, que tiene la habilidad de hacer aparecer trozos de carbón de quién sabe dónde para escribir su música en las paredes…- y comience a rayar las paredes con entusiasmo. Intente rayar cosas sin sentido, como unas ilustraciones para el Réquiem inconcluso de Mozart, o la clave para que la gente chiflada deje de dar jugo – es una suerte que nadie nunca vaya a ver lo que usted escriba…- , y bajo ninguna circunstancia vaya a escribir una partitura macabra – de eso ya se está encargando su vecino…-.

Aléjese un poco y contemple su obra. ¿Complacido? He aquí la última instrucción.

Como su habitación se ha vuelto un lugar más que habitable, llegó el momento de abandonarla: inhale todo el aire viciado que pueda, cierre los ojos, y salga volando por la ventana que usted mismo creó.

Ah, y no olvide darle las gracias a Julio Cortázar por haber tenido la idea de guiar a la gente con instrucciones mucho más útiles que los manuales de “hágalo usted mismo”. Y esto no es un sarcasmo. (más…)

Published in: on 09/07/2007 at 4:40 PM  Comments (1)  

CERA Y QUEQUE, Nisska Cruces

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En mi vida son pocas las cosas que recuerdo con tanta nitidez como el rico olor a cera.

¡Mi mamá me echó de nuevo a jugar afuera!, creo que adentro hago mucho desorden, ¡pero ella no me entiende! A quién le importa que el camarote se desordene cuando uno está salvando la tierra de extraterrestres, claro pero ella sólo piensa en el orden, ¡el orden! no me queda otra que ir a jugar. ¿A qué voy a jugar hoy? ¡Voy a ser alpinista!, menos mal que no hay nadie en el patio de atrás, ñaca-ñaca. No es tan difícil, sólo tengo que trepar por la parra, es un poco áspera y rugosa, tan flacucha y me aguanta igual, un poco de equilibrio por la muralla, y la meta… el techo de mi querida vecina, la Yaque, tiene como cuarenta años y está un poco loca pero me cae bien. Desde aquí se ve toda la calle, y vigilo todos los movimientos de los niños, ya sabré cuando estén jugando al luche, no está mal para una niña de siete años ¿verdad? Y aquí viene la Yaque, como siempre cuando escucha mis pisadas en el techo.

-Nisska, bájate del techo porfavor.
-No quiero, desde aquí se ve todo,¡mira ven!
-Nisska, te vas a caer, y no te voy recoger
-Bueno, pero sólo porque te va a escuchar mi mami con tanto griterío y no me quiero quedar encerrada.

Ya está, abajo otra vez ¿y ahora que hago? Ya sé, una casa, las toallas que están colgadas me servirán, y si las pongo así colgando del techo, se verá como pared y el macetero de mi abuela sirve de cama. Ahora me falta el almuerzo, en todas las casas se hace almuerzo. Que rico me quedó con las hojas y las flores de mi abuela, no sé por qué me reta tanto por sacarle las flores si no me dejan jugar con nada más, lo mínimo es que me deje jugar a hacer comidita, luego voy a crecer y tendré que hacer comida igual que mi mami y debo estar preparada. Ya me aburrí. Mejor voy a comerme las flores, esas amarillas que salen en los tréboles, son súper ricas, saben como a limón y como mi mami me tiene desterrada debo sobrevivir.

A ver, jugué a ser alpinista, hice una casa y almuerzo, comí flores, hice una piscina en el jardín para las muñecas la pasaron súper bien, me subí al hibisco, hice un dibujo en la pared con los cinco pesos que me encontré, uf!, me cansé.
¡grrrr!, ¡mi guata! tengo hambre, mejor voy a la casa.

– Mmm!! ¡Olor a cera!, quiero queque. Mamá, mamá dame queque.
– Todavía no, está caliente y te hace mal, anda a ver monos.
– Pucha oh!.

Lo rico de ir a jugar es volver y que esté encerado, ese olor a madera trabajada toda la tarde por pies de mujer esforzada presagian un rico y sabroso ¡queque!

Una mujer se esmera por dejar todo limpio, aseado, oloroso y ordenado, tratando de vigilar siempre a su hija que juega afuera, que no le vaya a pasar algo, porque como es seguro que hace algo que puede ser peligroso, aunque nunca le pasa nada. No le gusta echarla de la casa pero es que no deja hacer el aseo jugando y saltando, es feliz pero debe comprender que en una mediagua de dos piezas es difícil mantener el orden y decencia. Lo único que puede hacer es virutillar su pequeña pero ahora ordenada casa, luego encerarla con esa cera cremosa que debe esparcirse con la mano para que no se agrume en un solo lugar, ese olor que ella asocia a limpio, a sudor y trabajo.
Luego, mira su obra y se siente bien, aunque un poco frustrada por no poder tener algo mejor porque su marido no está, trabaja, sí, pero no para ella, no para su familia, sólo para él y sus amigos, así que piensa en que algún día lo dejará y hará su vida junto a su hija, esa hija que juega afuera sin saber de las preocupaciones de su madre.
La única felicidad es compartir con su hija buenos momentos, momentos creados por ella, se decide a, como siempre, hacer un queque para compartir con su hija, sabe que ella llegará pidiendo un trozo justo cuando está caliente, y la enviará a ver televisión, como siempre, los monitos que tanto le gustan para que se relaje.
El queque está casi listo, y ni luces de su hija, pero sabe que llegará a compartir su solitario momento con ella.
El queque está recién sacado del horno y se avecina la hija tan esperada.

– Mmm!! ¡Olor a cera!, quiero queque. Mamá, mamá dame queque.
– Todavía no, está caliente y te hace mal, anda a ver monos.
– Pucha oh!.

Y junto a su madre, luego, la niña come un rico trozo de queque con olor a cera.

– Mami, qué rico que enceraste… ¡está rico el queque!

 

Sirena del Calle-Calle

Nisska Cruces

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Ojos abiertos que miraban
al cielo a través de la
cristalina sangre
del Calle-Calle.

Piel de nieve,
labios de muerte,
musa azul sirena
dormida en su reino.

Cuerpo perdido
en un mundo plagado
de olvidos y recuerdos.

Burbujas apagadas,
alma trunca,
dolores fugaces,
gritos mudos.

Horas de espera
para aquel reencuentro
besos siniestros
sobre la mujer de agua.

¿Quién lo pensó?

Brazos que se aferran
al cuerpo de la
sirena solitaria.

Lluvia de dolor
que cae por mejillas
de mujer desgajada.
Imágenes borrosas que
se disparan a cualquier lugar.

¿Quién lo pensó?

Madre, no te preocupes…
la sirena está descansando.

(más…)

Published in: on 09/07/2007 at 3:08 PM  Comments (5)  

NO ES POR SER COPUCHENTA, Sandy Milling

 

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No es por ser copuchenta, vecina, pero he escuchado rumores que a su hija la vieron con un hombre muy elegante con terno, plata, y sobre todo, bastante mayorcito. Todos los vieron cuando la vino a buscar a su casa con un tremendo auto, lo dicen las malas lenguas, vecinita. En todo caso, no se relaje porque tiene mi corroboración, yo la semana pasada lo vi cuando vino el muy mujeriego a buscar a la Marcelita exactamente a las 4:00 de la tarde, yo estaba barriendo afuera de la casa como siempre para mantener limpio, no ve que aquí la tratan de cochina a una después, la cosa es que tiene que darse cuenta que la Marcelita ya está grande, ¡si tiene 19 años ya!, usted como buena madre tiene que cuidarla, no ve que anda tanto aprovechador en el mundo.

¡Oiga! si no le cuento na’ que en la vuelta de la manzana hicieron tonta a la… mmm… ¡Ay! cómo se llama esta chica que es hija de Don Anselmo, el hombre que se separó porque engañó a doña Rosa con la nana, ¿la conoce usted? Una con trenza larga, morena, falda suelta y calladita, pero ¡esas son las peores, oiga!, si la falda no es lo único que tiene suelto. Viera usted cuando va a comprar pan, todos la miran de reojo y nadie la saluda, es que no es por ser copuchenta, vecinita, pero me tinca que está embarazá’, si se ve más gordita; así que ayer cuando me la encontré en el negocio de la Marta Gracia, le dije que no compre mucho pan porque enguatona, y se fue indignada la muy patuda… ¡Chhh! con esa actitud insolente demuestra claramente que está embarazá’, es que con un cabro chico en el vientre una se pone de un humor terrible, oiga; quién más que usted lo sabe que tuvo a la Marcelita y al Miguelito que no fue reconocido. No, no, no, yo estoy segurísima que está embarazá’, y no es de 1 o 2 meses, acuérdese que se separó de la señora Rosa en agosto, o sea hace poquito… Si me acuerdo clarito que fue un 24 de agosto, porque yo estaba mirando por la ventana para ver si llegaba la Norma a venderme el mote con huesillo que hace tan rico, y de paso colaboro en una obra de caridad porque a ella siempre le falta platita, no ve que tiene a su papá enfermo… La cosa es que, de pronto escucho el portazo y el grito de la señora Rosa: “!Infeliz así que con la campesina, canalla!”, y yo salí obviamente como buena vecina a defender a la señora Rosa, porque aunque no somos muy amigas, hay que defender a las mujeres, sobre todo si son pisoteadas, como la pobre… La cosa es que comenzamos a gritarle juntas a mi queridísimo don Anselmo y después le ayudé con su bolso a tomar el taxi. Mayor información no pude sacarle porque no le salían las palabras del llanto, y no es por ser copuchenta, pero me tinca que la golpeaba también, porque le vi un moretón bien feo en el cuello, obviamente había que ser tonto para pensar que era un accidente, si yo lograba divisar prácticamente la huella digital de don Anselmo… A mí que me toque un pelo un hombre, yo altiro lo denuncio a los carabineros, no voy a estar soportando cachos, por suerte que me ha tocado buena vida, si mi Nicanor, que en paz descanse, se portó un siete conmigo. Bueno, es que también lo tenía amenazado de por vida, hay que hacerse respetar desde un principio, si no creen que una es nana y se casan pa’ puro atenderlos no más… Como su hermana poh, vecina, con todo respeto, yo me he dado cuenta de cómo la tratan, es que la mala suerte de tener dos hijos hombres y un esposo, si cuando paso, camino leeento y calladita para escuchar y ¿¡Sabe, vecina!? Mmm … no le cuento ná’ mejor… (pausa de 2 segundos) … Es que de repente escucho: ¡Sonia, tráeme esto; Sonia, tráeme lo otro!; y un día la vi colgando ropa y estaba flaquita, hecha un huesiiiito, oigaaa… Es que se nota que no la alimentan!, yo que usted vecina entraría a preocuparme, podría hecharle un vistazo de vez en cuando, si al fin y al cabo es su hermana, uno puede pelear y todo pero la hermana, hermana es. Olvídese de todas esas peleas que tuvo usted el año pasado y reconcíliese de una vez por todas, si yo me doy cuenta cuando no se miran y pasan de largo cada una por su lado, y pa’ los que las vemos, bueno, deja mucho que desear poh, vecinita… ¡No se enoje, comadre! si yo se lo digo por el bien de todos; mire, pa’ que vea que tengo buena voluntad la puedo acompañar, yo soy mandá’ a hacer para reconciliar a la gente, así que, cuando diga no más. ¡¡¡LAURA!!!, así se llamaba la hija de don Anselmo con la señora Rosa, después que sucedió el problema en que yo fui la principal testigo, esa chica se tiró a la vida, si es tan importante tener una madre pa’ que la forme cuando chiquilla, oiga… Un día mientras yo estaba descansando en la esquina, entretenida mirando a la gente pasar, me pillé con la Laurita y me saluda muy delicadita y refinadita, pero no se ilusione que las apariencias engañan; si no le digo que cuando le pregunté que cómo le había ido este año, me dijo que repitió nuevamente ¡Válgame, Dios!, si esa chica me tinca que lo único que hace es pasearse con los cabros de la población… La cosa es que me contó pa’ callado que pensaba irse de su casa para dejar todos los problemas, e igual es entendible, porque no dan ganas de vivir con todo ese adulterio suelto que está en su casa, así que no la culpo. Pero ése no es el único problema, sino que ella pensaba irse acompañada con un hombre que le prometió el mundo, yo le dije que se tenía que cuidar porque esos hombres son los sinvergüenzas que aparecen en las noticias como los hombres buscadores de placer, pero a ella le entró por una oreja y le salió por la otra rápidamente… Así que ahí le tuve que decir a don Anselmo que su hija pensaba escaparse con un hombre organizador de trata de blancas, y para asegurarme por el bien de la niña, fui donde los carabineros a atestiguar al día siguiente; yo creo que mínimo le dieron su buena paliza y bien merecida que la tenía. Así que tenga cuidado con la Marcelita, no ve que yo me preocupo por ella, en todo caso cuando usted vaya a trabajar descuide porque yo voy a estar pendiente de ella, pa’ que vea que soy buena vecina… ¿Dice usted que es su papá el que la va a buscar?, ¿está segura? Mmm… es que yo como que descarto esa opción, vecina, porque esa vez la vi bien acarameladita dándose un tremendo abrazo y me acerqué para verle la cara al sinvergüenza y no tenía ningún parecido, es que yo lo conozco a él por la foto que tiene usted en la entrada de su casa, ésa que se alcanza a ver cuando aún no cierra la cortinas y prende la luz, el cuadro que tiene al lado de la combustión lenta… Buenmozo su esposo, vecina, aunque la Marcelita es pura mamá. No, si no es su padre, aparte el mismo hecho que usted esté separada de su esposo hace que ella busque una imagen paterna en un hombre tentado por el diablo… Sí, efectivamente: a las 4 de la tarde del martes pasado ¿Ah?, ¿qué su esposo la va a buscar los martes y los jueves? Mmm… claro, y no lo dudo porque Marcelita se ve una niña de bien, es que todo viene de la casa en realidad, si los valores se traspasan pues, no vamos a comparar la separación que tuvo usted con la de la señora Rosa y don Anselmo poh, porque ustedes no se separaron por infidelidad ¿verdad?… ¿No?… Claro que no, una mujer tan buenamoza como usted no la tienen por qué cambiar, debe ser porque no congeniaban ¡cierto? Si yo vi en los ojos de su ex marido resentimiento, es que debe ser complicado que lo dejen y a su edad… ¿Aaah? ¿que terminó por gente mal intencionada que llevaba rumores a la casa? Mmm… Chuta, dígamelo a mí no más, que yo convivo con tanta gente que no tiene vida ¡Si en esta población son muy copuchentos, oiga!, si le buscan la herida a todo, me va a creer que la señora de al lado una vez me dijo que yo era una vieja copuchenta y alcahueta, ¡como escuchó, vecina! Yo que tengo las mejores intenciones, cuando es ella la que ventila toda la vida del resto, no si se pasó para descarada esa mujer, después le dijo a todo el vecindario que no se podía hablar conmigo porque ¡secreto que me contaba, secreto que ya no era secreto! Noooo, si por eso me cargan los chismes, al final siempre una sale perjudicada, es muy complicado convivir con esta gentuza, oiga, es que hacen mucho daño… Lo que es yo, lo que siempre hago es alejarme de cuanto conventilleo inventan, y así una vive tranquila y preocupada de lo suyo, no más… ¿Cierto?.

 

Beso Violento

Sandy Milling, alias Einstein

 

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Imagen: Sandra Suarez, Niña con bicicleta y sombrilla

Hoy besé, sí, pero hoy sí que bese, no vas a comparar este beso, con esos fríos labios de los casados de cincuenta, no hay comparación, no se puede nivelar de ningún modo, el mío fue un beso violento, apasionado y veloz, no digo que me gustó, pero que fue apasionado, fue apasionado; él estaba acostado, áspero, pálido y sucio como siempre, no quería conquistarlo, pues él no es de una sola mujer, puede sonar feo, pero en realidad se deja tocar con facilidad, y no sólo por las mujeres, no quiero decir más, tú entiendes; yo soy bien reservada.

Yo andaba en bicicleta, y al momento de ver al joven que me gustaba paré para poder echarme una manito de gato, y es que no soy nada de fea, siempre ganadora en todo, así que me peiné con mis manos, me saqué el casco, las rodilleras, las codilleras y el protector para mis dientes, así comencé andar en bici con todo el estilo, yo sentía su ansiedad para que me acercara más y más, todo el que estaba por ahí miraba y el que no, corría a verme, no sólo porque el casco, la rodillera y la tobillera hacían un pequeño ruido con el roce del piso, sino también porque mostré lo hermosa que era, así acelero cada vez más y el viento abofetea mi rostro al punto de encresparme las pestañas, mejor aún la feminidad me sale por los poros, veo que no aguantó la espera y comienza a acercarse a mí, yo sonrío con mis dientes de metal, y ese momento se pone en cámara lenta y un tanto nublado, no sé si era el latido de su corazón, o la bocina de la chica que me alertó su atropello, al ver que venía el mercedes atrás mío traté de ganarle, y como te reitero, yo soy bien ganadora, y por poco le gano, pero bueno ella envidiosísima de mi bicicleta me empujó hacía la vereda y es que yo andaba en la mitad de la calle, o sea obvio, así con el niño apuesto hubiéramos tenido un beso de película, donde la cámara rodea a la pareja y la graba en todos los ángulos, pues para eso se necesitaba espacio. Así me voy hacia el lado de la vereda con bici y todo, primero se despegan mis manos del manubrio, luego mis pies de los pedales, ya estoy en el aire, me sentía como una de Los Ángeles de Charlie, seductora, ardiente y hábil; espero que eso lo haya tomado en cuenta el joven rubio. Mi rostro comienza a mirar a mi destino, pero como siempre hermosa no cambié el gesto de alegría en mi cara, eso hubiera sido fatal en la relación que llevaba con el niño de la esquina. Así me digné a besar el piso, pero siempre con la esperanza de que mi príncipe me vendría a salvar de las horribles manos del suelo. Comencé primero tocándolo para apaciguar la pasión, y luego inmediatamente mis labios lo besaron, fue un beso mentiroso, porque mientras lo besaba estaba pensando en que lo tenía que hacer con estilo, para que al niño rubio también le dieran ganas de besarme, en fin, no me quejo, sus labios eran duros y ásperos a tal punto que me llegaron a pasar muchas cosas, cosas personales que sólo las mujeres sabemos. Tenía unos labios descuerados, que llegaban a tener gusto a piedra y a excremento, su olor era a campo, a campo libre, a campo limpio, ese olor yo creo que se lo dio la ambientación en general, y el hecho de que estuviera un caballo cerca con su regalito correspondiente. Mis manos lo tocaron con tantas ganas que me hicieron pequeñas heridas, no entiendo por qué estaba tan helado si yo soy tan mmm… tú entiendes ¿no?. En todo caso en el momento cuando lo besé sentí como se me dormía desde la boca hasta la punta de mis pies, si hasta me cambió el color de la piel, yo creo que fue un 90% calor y un 10% sangre.

Mis labios son exquisitos y eso se corrobora cuando me los muerde al punto de que me sangran, digamos que fue un beso un tanto explosivo y apasionado que me costó un diente, por suerte cuando no hablo, pasa como si los tuviera todos. Observo a mi besador con música de fondo, una mezcla de notas agudas creadas por la bocina de la chica, un trompetazo originario por la caída de la bicicleta y una vocalista que fue mi cuerpo siendo presionado por este suelo; es pálido y andrajoso, digamos que no es David Beckham pero qué tiene talento, tiene talento; por un segundo lo observo, pero sabía que lo nuestro no iba a funcionar, así que giro mi cabeza donde estaba mi príncipe salvador, rubio, crespo, alto y atlético, y veo que está junto con la niña del auto, la muy fachosa se baja y lo abraza, no es de envidia pero era bastante fea, su pelo largo y liso no le sentaba, tenía un rollito muy notorio que se le hacía con sus jeans apretados que marcaban sus piernas con estrías, muy poco para él, y no lo digo de envidiosa, lo que recuerdo es que aspiré el polvo del auto que se robaba a mi príncipe, me paré rápidamente y le dije ¡estoy bien, no te preocupes, llámame cuando quieras!.

No quiero ser petulante ni nada por el estilo, pero sé que lo tengo loco.

Si no los pudiera ver

Sandy Milling

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No te niego que observaba al primer futbolista que se me pasaba por delante, y si es que no pasaba, simplemente lo buscaba. Es que chiquillas, no hay nada mejor que deleitarse con uno de esos filetes, uno desarrolla la vista de una manera increíble, pregúntenle no más a las que tienen buena vista, ellas saben lo que es bueno.

Y no estoy loca, pero salgo a la calle y están en todas partes, todos mirando, todos distintos, pero eso sí, nadie con el pie pequeño, quizás zapatos más caros y finos, o más cochinos y barrosos, pero como decía mi tía Irma son las envolturas que se sacan al comer el dulce.

De repente me pego uno que otro llanto, sobre todo cuando me siento sola, pero me di cuenta que no todo está perdido. Cuando hago el amor, pienso que estoy cerrando mis ojos y así todos mis sentidos se traspasan al límite de mi excitación, con decirte que me he acostado con Antonio Banderas y Brat Pitt, aunque entre nos, he tenido mejores.

Ahora puedo sentir sus espaldas anchas que son un mundo en mi mano, sus piernas grandes y velludas que se entrelazan en las mías y que cuando se estiran logran mostrar en el ambiente su genitalidad plena, pues puedo olerlo, ese aroma que se mezcla con sus cabellos humedecidos que derriten los vidrios hasta empañarlos.

¿Mi preferido? Complicado de elegir, pero me quedo con la pasión de los hombres claros, porque mi lengua se acerca hasta su brazos gigantes y protectores hasta sorber el más dulce chocolate blanco relleno de manjar, y si no estoy suficientemente azucarada, sus besos me endulzan y opacan mi cuerpo salado, que se siente cuando no puedo despegarme de ellos, y queremos ser uno sólo, tú hombre y yo mujer, tú mujer y yo hombre, en ese momento es lo mismo, porque el gusto cocina el sabor único de las dos carnes. Y si lo pienso mejor, nunca lo he pasado mal con los morenos secos, y es que la dulzura la pongo yo cuando esparzo en su cuerpo la transpiración, y él me ayuda al mismo tiempo barriendo con sus manos, de pronto devoro sus pies ya exploradores, y logro sentir el sabor a chocolate amargo, y me dan ganas de derramar crema caliente de esas bien líquidas que humean cuando están hirviendo, y mi lengua se resbala como en el hielo que quema y agarra un sabor dulce, pero aún está el chocolate amargo de sus piernas que me abrigan con violencia, y por primera vez lo amargo se hace lo más dulce. Si es como si sintiera sus olores en este momento, porque sus aromas quedan impregnados en mi piel corcheteando las heridas pasadas, y renovando las nuevas, y con tres pasadas a la lavadora se puede borrar las manchas recordatorias de las sábanas.

Claros y morenos se lustran en mi cuerpo y me abrazan como niños llorones que quieren a sus madres, y como plumeros en mi vientre comienzan a limpiar sus mejillas complementándolo con sus sonidos roncos y fuertes que verifican su identidad masculina, y cada gemido que se emite entre dientes traspasa a mis oídos hasta llegar a mis neuronas que se encuentran calientes de lo caliente, porque no hago otra cosa más que pensar en ellos, porque sus planicies me llevan a la curvatura del cielo, ese cielo placentero y perfecto que quisiera que dure la vida, y que con o sin vista, voy a saborear igual. (más…)

Published in: on 08/07/2007 at 9:13 PM  Comments (2)  

EL DULCE OLOR DE LA CAPITAL, Paulina Pérez, alias Heliotropo

el dulce olor


No recuerdo mucho de mi infancia, pero algo que tengo muy presente en la memoria es el primer viaje que realicé a Santiasco. Era bien chica, creo que tenía un año y medio, más o menos. No recuerdo mucho la situación, no sé por qué fui, ni a dónde, pero lo que sí sé, es que nunca había sentido un hedor como ese. Mi pequeña nariz, jamás había sido expuesta a un sufrimiento tan grande… Mi primer recuerdo es de lo más asqueroso, es mierda y ni siquiera la propia, sino que es el olor a mierda de toda una ciudad, de una gran ciudad, así que es un gran olor. Era de mañana, los primeros rayos del sol golpeaban mi frágil rostro, apenas podía abrir los ojos por la intensidad de la luz, no recuerdo el paisaje, los sonidos o las personas, sólo esa sensación de como si las tripas se me fueran a salir por la boca. Cuando ese olor penetró por mi nariz inmediatamente mi cabeza comenzó a dar vueltas y mis ojos se volvieron borrosos y húmedos, la tráquea y los pulmones ardían como si les hubiesen prendido fuego, mi boca se secó, era como si pudiese saborear el olor, el estómago se contrajo y daba brincos en señal de protesta, las tripas se revolucionaron, lo único que querían era escapar de mi pequeño cuerpo, yo no podía controlarlas, tenían vida propia, me contuve lo más que puede, pero fue imposible, tuve que dejarlas partir… Escaparon por mi boca en forma estrepitosa, por suerte era chica, todavía no conocía la vergüenza. Me pregunto si los sentidos se adaptan a las circunstancias o se van muriendo de a poquito; para mí se van muriendo, porque me resulta imposible creer que la nariz de las personas se acostumbre a la porquería de aire que hay en Santiago, o quizás sienten lo mismo que yo sentí aquel primer día de tortura, pero controlan de mejor manera sus impulsos vomitivos, o los expresan de otra forma.. Sí, creo que es eso, porque no es normal andar con esa cara todo el día. Por eso, yo, aunque me digan huasa, prefiero vivir en el fin del mundo, donde no tengo que aguantar la respiración para no morir intoxicada, ni tengo que colocar cara de ogro para contener otras sensaciones. Prefiero vivir donde ni siquiera se nos considera parte de nuestra propia patria, pero al menos aquí sí puedo ser partícipe de una rebelión de olores, figuras y colores que definitivamente no me anudan el estómago. (más…)

Published in: on 07/07/2007 at 8:46 PM  Comments (4)  

OLORES A FAMILIA FRAGMENTADA, Alexandra Millán

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Sentados todos, parados otros, deambulando aquéllos. Nos reuníamos en torno a la gran mesa familiar donde el patriarca, como es tradición en las generaciones de los padres de nuestros padres, se sentaba en la cabecera de la mesa, para observarnos a todos y hacer que nuestras miradas se tornen a él. Un olor a familia descompuesta se me hacía presente cada vez que debíamos visitarlos para cumplir con la gran fragmentación que nos habitaba, así como habitan los ratones en las casonas antiguas que huelen a polilla y a todo lo demás, con sus presencias de telarañas y polvo que en vez de sentirlo con la nariz lo sientes hasta con la garganta y para qué decir el sabor que tendrían mis ojos si alguien intentara besarlos bajo ese hábitat.

Entonces luego de pisar la casa estilo colonial, venían los saludos hipócritamente afectuosos, donde el perfume de mi tía mayor, un Channel número no sé cuanto (adjudíquele el que se venga a la memoria) quedaba impregnado sobre el Paco Rabanne que a hurtadillas le había sacado a mi madre, molesto olor que me seguía hasta cuando se supone, escapábamos, yendo a la paz del hogar… de nuestro hogar.

Luego de este incidente del Channel, que más parecía colonia inglesa, venían los primos que apenas se sabían nuestros nombres y los pronunciaban con indiferencia y restos de desprecio maloliente, lo que nosotros combatíamos con risas llenas de olor a fuego, de abrazos de papá y mamá, sentados a la orilla de nuestras camas diciéndonos “buenas noches”. Después nos mostraban sus adquisiciones últimas, las cuales poco tomábamos en cuenta con mi hermano chico, quien venía impregnado de chocolate con aroma a café y a leche. Luego del fastidioso contacto con el olor a emulsionado de los primos, había que saludar a la Abuela y al Tata, sujetos que conocíamos por que el papá hablaba de ellos y por fotos que alguna vez, cuando no habían errores ni rencores, se tomaron juntos. La Abuela nos saludaba, por respeto a su primogénito, con una sonrisa envuelta en papel de dulce, yo lo presentía en cada uno de sus besos que sabían a gato traidor, presentía su desplazamiento como si fuéramos los arbustos de la orilla de la línea del tren, donde crecía la murta que recolectábamos gustosos para escapar de los grandes que tenían olor a limón, junto a esta travesía, la destreza de caminar sobre los durmientes gastados y podridos que adornaban la huerta que era el único lugar donde mi nariz y mis sentidos podían desarrollarse en plenitud dejando de lado el fétido asado de vacuno o de cualquier otro animal, que invitaba a comer carne a la familia, reuniéndola en torno a un ser que yacía muerto sobre la bandeja de plata que estaba destinada para estas ocasiones, y que mamá me obligaba a comer para no evidenciar que yo era una pequeña mujercita que despreciaba los apetecibles, para los demás, platos de la Abuela.

Al final, venía el postre, etapa de la rutina de comer a las 3 de la tarde, a la cual no estábamos acostumbrados, por tener rutinas propias de una familia autónoma, nosotros nos devorábamos lo que fuese, imaginando que nuestras narices diminutas sentían chocolate y así con ese aroma a placer, terminar pronto y sentir que se adentraba el momento de marcharnos de los muebles grandes barnizados, que nos dirigían a un estado de delirio donde podríamos haber tergiversado esa manipulada convocatoria, para transformarla en un encuentro terrícola pasado a frambuesas con crema, oliendo a alegría compartida.

Nos despedíamos de todos y salíamos despegando a vuelo de avión mantarraya, sobrevolando la huerta para coger alguna lechuga que mamá prepararía al día siguiente en nuestra mesa comunal. Nos íbamos jugando por la línea donde ya no pasaba el tren, sino nosotros, recorriendo el río y el barrio antiguo de Collico donde se tejen y se aspiran historias de antaño, pero donde yo no puedo construir ni un solo ideario, pues no puedo vivirme la vida cerca de mis recuerdos de infancia donde el olor a miseria se siente desde que pienso el lugar hasta que lo saboreo para expulsarlo de mi boca y de mis entrañas. (más…)

Published in: on 07/07/2007 at 5:23 AM  Comments (1)  

CON OLOR A TRUENOS, Paulina González

 

 

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Siento un miedo atroz, esta noche llueve mucho y puedo ver a través de la ventana el tono azul que antecede a los truenos, afuera ruge el más grande de esta noche y tiemblo, mientras comienzo a sollozar. Otro ruido sordo, y esta vez el temblor se vuelve un espasmo incontenible mientras las lágrimas salen a borbotones, me hundo más entre las sábanas, para intentar opacar el ruido y tarareo una melodía para calmarme, pero no hace efecto y lo único que puede pararme estos nervios está allá, en la cocina, y de más está decir que no me moveré de aquí por nada del mundo.

Alguien abre mi puerta, es mi hermano que se acerca con un vaso de leche con vainilla y canela, en la otra mano sostiene un plato de galletitas caseras; con cuidado pone todo en el velador y me hace una seña para que le deje espacio entre mis frazadas – supuse que estarías aterrada- dice acercándome el vaso para que tome de mi leche favorita, y cuando tomo unos sorbos me siento un poco más tranquila, aunque aún me sobresalto al oír los ruidos de afuera. No suelo llevarme muy bien con mi hermano, pero en momentos como éste amo que me conozca tanto, la leche con vainilla y canela es lo único que me quita el miedo, incluso el solo aroma de esa mezcla me provoca calma, es el mejor de los sedantes, al menos en mi caso.

Abuelita, dime por qué Diosito está gritando así, no me gusta que haga eso – le dije sentada en sus piernas, mientras escondía la cabeza en su pecho- Eso, Polyta, es porque hay gente mala que lo hace rabiar, sino quieres que grite, tú tienes que ser una niña buena – me dice mientras sonríe- Lo seré abuelita, digo mientras la miro y le sonrío de vuelta con dos dientes de menos que el ratón Pérez ya me había pagado.

A tomar once Poly – me dice con voz suave y al llegar a la cocina veo una tacita de leche con vainilla y mis galletas favoritas sobre la mesa – ¡Qué rico!– dije mientras hundía la nariz en la taza – Es esencia de vainilla, ojalá te guste, dijo mirándome divertida; tomé el tazón y de un sorbo me bebí casi todo el contenido – Está delicioso y huele rico, huele igual que tú – le dije, aspirando el aroma de lo poco que quedaba en el recipiente – Es que mi colonia es de vainilla – me dijo ella – Pero cómo vas a tener colonia de vainilla, si la vainilla yo me la comí – dije, mirándola desconcertada – lo que pasa, peque, es que hay muchas cosas con olor a vainilla – dijo ella y sonreí – Yo quiero oler así de rico y quiero que mi pieza y todo huela a vainilla– le dije, enérgicamente. Ella sólo soltó una carcajada – Como quieras, peque- me dijo cariñosa y en ese momento sentí otro trueno y me estremecí… ¡Abuelita, de nuevo hicieron enojar a Diosito y yo me he portado buena! – dije, con un puchero – Bueno, pero tienes que ser más buenita entonces – dijo ella mirándome – Yo me porto más buena si tu me das más lechita con vainilla y me compras colonia de vainilla – dije con voz de mafiosa – Claro que sí, pero sin sobornos- dijo ella, mientras me miraba sonriente (amo la sonrisa de mi abuelita y su olor a vainilla).

Gabriel, ya me terminé la leche, “eres un amor”, le digo sonriendo, y él se levanta para irse, mientras veo cómo prende un incienso – es tu favorito, con olor a vainilla para que descanses, Se una buena niña, me dice, mientras sonríe y cierra la puerta tras él. (más…)

Published in: on 07/07/2007 at 5:18 AM  Comments (1)  

AGENDA, Sergio Mancilla

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Imagen: Ricardo Martiniuk, Lluvia

La bóveda celeste se tornaba grisácea. Los humanos corrían a refugiarse bajo sus techos de zinc, único material que puede controlar lo que se avecina. Angelina estaba a varios kilómetros de su casa y ningún auto quería detenerse. Los animales, ya acostumbrados, buscaban refugio bajo la tierra. De pronto, el instinto de Angelina la despierta y corre tratando de encontrar una cornisa. La búsqueda se hace infructuosa y sólo le queda orar por su suerte. Los árboles giran sus hojas para brindarse una mayor protección. Angelina sigue corriendo desesperada, cada casa le permitía la entrada sólo al aire. Pero sería por poco tiempo, antes que comenzara a llover.

La radio lanzaba la música característica que indica la venida del temporal. La cúpula está cerrada y ni una polilla se asoma esperando lo inevitable. El aviso es inminente. Angelina no para de correr y su voz no sale de su garganta para explotar por fin en desesperados gritos de auxilio. La policía había hecho ya su ronda, su rápida y superficial ronda de búsqueda. Sin encontrar un lugar, sólo le quedó sentarse en una banca de una plaza de juegos, a esperar el final. No había brisa alguna y la radio daba el aviso cúlmine. Una leve sirena de bomberos se escuchó y cayeron algunos pequeños trozos de polvo estelar.

“La AEI acaba de dar el aviso de un nuevo movimiento terrestre. Hoy, 21 de marzo corresponde una nueva traslación del planeta hacia la posición otoñal.” Esas palabras salidas de su pequeño receptor de mano, le cortaron el alma. Angelina cambió el modo de su celular y revisó el calendario. Se llevó el aparato a la frente, si bien estaba su alarma en el día señalando, no tenía la fecha configurada correctamente. Las pequeñas partículas redondeadas por la atmósfera caían cada vez más fuerte y en un mayor tamaño. Las nubes creadas por chimeneas industriales, no dejaban ver el rápido movimiento por el espacio. La velocidad de traslación era cada vez mayor y con eso, Angelina lo sabía, la lluvia se haría más torrencial.

Por los techos escurren las piedras espaciales ya líquidas por el accionar del zinc. Siguen bajando por los ductos hasta el mar, donde se depositan a un costado de los desechos nucleares. Angelina ve a un moribundo perro alcanzado por las gotas estelares. De pie, inmóvil, se ve reflejada en el pobre animal. Una de las piedras le arrebata el celular de la mano destrozándolo por completo, y otra hace lo mismo con su mano. La constante lluvia y su calor interno hacen explotar una a una las células de la joven.

Una nueva mañana otoñal nos invita a disfrutar la AEI. El cielo ya fue despejado y las hojas de los árboles poco a poco comienzan a caer. Como cada cambio de estación, hay algunas personas desaparecidas, pero nada que no pueda borrar el tiempo. Recuerden que si la Tierra se mueve, nosotros nos movemos con ella. Ahora, vamos a un tema musical…“, dice la estación radial de la ciudad mientras se reparan las calles y los camiones sacan el material acumulado en lugares bajos.

 

                                             Apasionado

Sergio Mancilla, alias Héliso Corman

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Ella, pequeña, plagada de sudor cayendo por su cuerpo cubierto por la clásica ropa de marca. Acaricio su frágil cintura, como hecha de vidrio que el sol abraza desvergonzadamente. Siempre quedo extasiado al verla, tan delicada.

Una breve brisa me mueve el pelo y arrastra mi rostro al tuyo. Alrededor la gente pasa y no ve la unión entre nosotros, siempre disfrutamos los momentos así, en la plaza de la ciudad, o cuando los niños juegan a nuestro alrededor y el olor a algodón de azúcar nubla nuestras narices. Aquí estás, como cada día, acompañándome. Tu pequeño rostro redondo me evoca momentos de infancia y tu olor, la historia de toda mi vida. El murmullo del gentío se diluye cuando pasa un vehículo tocando el claxon, pero nosotros seguimos adheridos, yo amarrado a tu cintura y tú acercándote a mis labios.
Vivimos el lado diferente de la vida, mientras todos corren nosotros saciamos la sed del uno con el otro. La unión se hace cada vez más inminente y sólo queda besar esos labios que te están haciendo mía. Te acerco lenta, pero violentamente a mi boca y tú te dejas llevar como un río cuando llega al océano.
Pero de pronto, algo interrumpe nuestra pasión, mis latidos se desbocan desesperados… ¡Es mi mejor amigo!… Te arrebata de mis brazos y te besa con mayor fervor. Te deshaces en sus manos y veo la escena con horror. Ahora eres de él, para siempre y sin que pueda hacer nada por impedirlo. Dejándote sentada en un banco de la plaza, él me mira fijo y me dice…

– Gracias por la Coca-Cola… (más…)

Published in: on 06/07/2007 at 10:21 PM  Comments (3)  

AROMA FAMILIAR, Catherine Triviño San

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Cuando era pequeña vivía tan sólo a dos casas de mi abuela. En mis momentos de aburrimiento o simplemente para huir de algún castigo podía escabullirme fácilmente y dirigirme hacía ese gran portón de madera que rodeaba su casa, que significaba que ya estaba, de cierta forma, en otro mundo más placentero. Sólo necesitaba tomar bastante aire y gritar: ¡Abuelitaaa! para que supieran que era yo la que quería entrar y que por falta de altura no alcanzaba el pestillo. Unos segundos más tarde divisaba por entre la madera a mi tía que salía a recibirme un poco burlona por el grito que más de algún vecino había alcanzado a escuchar.

Cuando ya estaba adentro, lo primero que hacía era correr a la cocina con la certeza de que allí estaría mi abuela con su mirada bondadosa esperándome.

Recuerdo muy bien esa cocina y cómo me hacía sentir, tal vez porque hoy sigue siendo igual a pesar del paso de los años y mi mente mantiene vivas las sensaciones del ayer. Cada cosa en su lugar, la estufa a leña prendida en casi cualquier época del año y esos inconfundibles aromas, como el pan en el horno, vainilla y huevos para algún küchen. Así era esa cocina y así es todavía.

Siendo niña, nunca faltaba la ocasión en que mi abuela estuviera haciendo algo rico para la familia o simplemente para mí cuando andaba con mañas o a toda costa quería algún postre que se me ocurría en ese instante. Y es que, tenía sus ventajas ser la única nieta mujer.

Durante el invierno, me encantaba irme a alojar donde mi abuela y levantarme muy temprano igual que ella. Siete de la mañana y las dos en pie. Ella haciendo el fuego y yo poniendo las tazas para el desayuno. A veces, cuando llovía, me sentaba al lado de la ventana y me perdía observando las gotas de lluvia que caían por el vidrio mientras mi abuela freía sopaipillas. Luego, cuando el agua paraba, no aguantaba más y salía de improviso al patio delantero, sólo para aspirar ese aroma del pavimento y pasto mojado. Ese olor me relajaba y me hacía respirar profundamente; ahí era cuando me salían a retar y me decían que entrara inmediatamente o si no me iba a resfriar.

Ya cuando estaba por llegar alguna fecha importante, como Año Nuevo, era tradición ver a toda la familia reunida en la casa de mi abuela y cada integrante realizando alguna actividad. Claro que como yo era la menor, no tenía nada que hacer o por lo menos no se arriesgaban a darme alguna tarea con la excusa de que me podía quemar, cortar, etc. Así, sólo me limitaba a vagar por todas partes y observar a los demás.

Cuando me acercaba a la cocina y sentía un fuerte olor a limón sabía que mis tías y abuela estaban aliñando una gran variedad de ensaladas y se me hacía agua la boca, por lo que cuidadosamente entraba y trataba de robarme algún pedacito de limón, y cuando no lograba este propósito me conformaba con sacar un puñadito de sal y salir sin que me vieran.

En el patio, la cosa era más animada. Mi papá y tíos tenían la ropa pasada al vino que acababan de beber y se preocupaban de avivar el fuego del asado mientras conversaban de cualquier tema gracioso. Pero, a pesar de querer estar con ellos, evitaba quedarme ahí, no porque me echaran o ignoraran, sino porque no soportaba el olor a humo y las cenizas que llegaban a mi nariz y ojos; me hacían imposible respirar y ver con claridad. Además, el calor se me hacía insoportable, como si estuviera parada frente a un volcán a punto de hacer erupción o algo así, por lo que huía rápidamente hacia el interior de la casa. Al final, no me quedaba otra que esperar a que todo estuviera listo y poder sentarnos a la mesa todos juntos. En esa mesa era donde podía disfrutar al máximo. Los aromas de los alimentos se entremezclaban y a la vez se untaban de la dedicación que cada persona había puesto en su elaboración. Posiblemente hasta los deseos más ocultos de cada persona, se desprendían camuflados en cada bocado y cada olor.

Aún hoy, cuando visito esa casa y beso a mi abuela en la mejilla, puedo sentir en su piel el aroma a pasado, a momentos felices y a una que otra comida familiar que me devuelve certezas, colores conocidos y paz. (más…)

Published in: on 06/07/2007 at 7:25 PM  Comments (1)  

I CAN’T BORN, Alejandra Díaz

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Leena se despertó, era de madrugada, podía saberlo por los hilos de luz que pasaban por los huecos de la pared. Intentó pararse pero apenas si se pudo sentar; estaba tan cansada. Las luces fuertes después del encierro, movimientos bruscos, y sangre en sus manos. Estaba tan cansada…

Y luego los pasos, uno tras otro en dirección a su cuarto. Se aferró al colchón con la mitad del cuerpo tocando el piso. Sólo era una acción innata de su pequeña cabecita de doce años, en el fondo ya estaba resignada a lo que venía. Y se abrió la puerta, él solamente se quedó mirándola, en realidad nunca le gustó ese trabajo y a veces sentía lastima por la niña, pero las órdenes eran las órdenes. Se acercó a ella y la tomó por los hombros.

La pequeña ni siquiera se movió, no quería más cigarros apagados en sus pies, ni tampoco que le quitaran el pan por dos días, se dejó cargar, y cerró los ojos.
Al abrirlos ya se vio desnuda sobre una cama y comenzó a llorar, eso era lo único que no había cambiado desde los dos años que llevaba en ese lugar.

Cuando llegó de Ucrania, junto con otras niñas sin familia ni dinero, nunca pensó que el trabajo que encontraría en América sería sentarse a abrir las piernas.
Y entonces, con un fuerte jalón entró en conciencia. El tipo era nuevo, nunca lo había visto antes. Lo miró a los ojos antes de voltear la cabeza y entregar su cuerpo, como si fuera una moribunda en naufragio. Y es que estaba tan, tan cansada.

Él bajó sus manos por su pequeña y casi recta cintura, apretando fuerte, hundiendo las palmas, con esa necesidad tosca y vana, que sólo los hombres abusadores de niñas poseen. Apretó sus pequeños hombros con fuerza, arrancándole dolorosos gritos, es que esa presión parecía trizarla por adentro.

Y después de haberle quitado hasta la última prenda, le abrió las piernas con fuerza, amenazando con arrancarlas de su lugar. Y con desesperación se desabrochó el cierre del pantalón, para dejar salir al victimario, que Leena ni se molestó en mirar, es que había conocido tantos, ya ni le interesaba saber qué le meterían dentro, de hecho lo deseaba. Deseaba que la atravesara por dentro, que la quebrara, quería desangrarse y morir, la verdad, dolía tanto.

Y el desgraciado la jalaba desde las piernas hasta su cuerpo de hombre sucio, le apretaba las caderas, desgarrándole la piel. Ella lloraba, pero no se movía… es que, estaba tan cansada… Finalmente el tipo terminó dentro de ella, pero solo terminó el puto acto hasta que logró su fetiche, escupiéndole la cara.

Y mientras la saliva bajaba por su acolchado rostro, Leena dejó de llorar. Estaba feliz. La sesión había acabado, se paró de la cama, con el líquido recorriéndole las piernas, y desnuda se dirigió a la habitación de siempre. Se tiró en el colchón de espuma, y mirando la luz de las rendijas se quedó dormida.

Por fin descansó.
Se encontró caminando en la playa, y después con un hombre amable, que la invitó a pasear en su barco. Veía el mar y sentía el sol. Los pies no dolían por las quemaduras, y su rostro sano, no estaba marcado por rasguños. Apretó los ojos, y aun sabiendo que era un sueño, que aún seguía en el cuarto oscuro, en ese burdel, aún después de todo, fue feliz, porque nadie podía tocarla en ese momento, porque nadie podría tocarla más… en los dos días que quedaban.

Gravity

Alejandra Díaz

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Voló entre nosotros como por media hora, esa idea blanca de todo mal, de que tu mano en mi mano es un circo, de que tu pie enredado en el mío, me guía por la espalda como un espiral.

Y amenaza de nuevo, estrujándome el vientre, escapando en círculos por mi boca, como aire que espanta a mi espalda. Temor a quemarse, porque hay poca razón de si soy yo, o nosotros. Pero te miro, la ceja erguida como arco de poder, mostrando la lengua en una tonta mueca infantil, sin abandonar el habitual cigarro en tus dedos. Me acerco con el pensamiento en el bolsillo, ahí donde inicia todo; en la tibieza de tus labios al principio, en la sonrisa de los míos al final. Ahí donde el aire es más denso, donde los ojos se cierran por miedo a ser robados, a ser vistos enteros. Mi cara de tonta, de colegiala embobada y tu gusto en mi gusto, amenazando con gastarlo entero, con perderlo todo. Esperando a la caricia que ya existe, que no se va, que ofrece caminatas diarias a mi pelo. Me dejo estar, simplemente para mascar un pedacito del chocolate que es tu boca, y para oír cómo se tensan los dedos de tus manos. Y ahí me siento llena de un sol intangible, ahí es cuando me siento gato. Como si fuera negro, como un secreto que dicta un sabio proverbio chino. Mezclemos colores como frutas en canasta, con un beso, con palabras.

Después de todo, todo se mezcla en la cama.

 

Amaretto

Alejandra Díaz

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Suave como piel hirviendo, recorre mi alrededor encantando y sazonando, casi tocando el olor a sed impregnado en las paredes y también en mi nariz, por haberlas olido tanto. Escucho tu voz, casi incompleta, casi como tú. Y el sabor de tus manos explicando una canción llega a mi nariz, se transforma en cerezas, en tribu y en agua, confundiéndose luego, perdiéndose en el ambiente.

El pino es lo que menos me llama la atención en toda la sala, más bien me ofusca su existencia, y me desagrada su aroma. El verde mustio al final de sus hojas, parece salpicarme de barro y maleza. Tierra sobre mi cuerpo, escurriendo por mi espalda y empapando el suelo con olor a casa vieja, con olor a sebo.

Nunca me gustaron las celebraciones familiares. Que llega la tía gorda con su bolsa de regalos baratos, que no es ni tía, más bien una conocida que comparte quizás, si es que, una gota de sangre. La vieja deja la casa toda pasada a Coral barato, y yo me cubro la nariz con mis guantes de colores, tratando de absorber la poca esencia a lana, media llena de polvo, media con sabor a naranja. Y subo corriendo a mi cuarto, me tiro en la cama. Molesta mucho estar en una casa que huele a mentira, a coraza, y a teatro chino. Que ni con chiches rojos esconde lo seca que está su envoltura, cansada de aparentar cada año. Entonces escucho tu voz, que toca desde abajo mi frente, como medio acariciando, medio castigando mi sien. Y ese aroma a te quiero se mete por mi boca de niña, me garabatea sonrisas en la cara.

El sabor a familia siempre se vuelve más dulce cuando huele a tu nombre. Desaparece ese olor pútrido a comino añejo, ese olor a flor seca, el mismo olor con el que describo tu ausencia. En fin, ese aroma a una casa sin padre, que enferma.

Published in: on 06/07/2007 at 5:25 AM  Comments (3)  

BARRO, Abel Delgado

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Imagen: La estación II, Ralf Pascual Izarra

Barro en todas partes, puro barro, salís de la casa y hay barro, entrai a la casa con barro, ¡Dejai todo lleno de barro! ¡Tú no me ayudai a hacer ni un poquito de aseo! Yo barro y barro, y tú entrai con más y más barro, ¿no podís aprender? Y ahora te sentarás a mirar esos monos de los Supercampeones, ¡bonita la cuestión!. Gol… ¡Gol te voy a hacer por la trompa si mañana llegai de nuevo con barro!

El Mar, compadre…

Abel Delgado

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Imagen: Jesús Navarro

El mar, compadre… Si tú lo hubieras conocido como yo lo conocí ··· tenía once años. De chico me lo imaginaba como una taza de leche gigante con destellos de colores, pensaba que era el lavatorio de Dios. Cada vez que llegaban revistas a la casa yo recortaba los barcos, las ballenas y las islas pa’ pegarlas en mi pieza detrás de mi cama, que era de color azul ··· como mi primera bicicleta. Esa bicicleta me costó el sudor de mi frente, compadre ··· Me acuerdo que yo le trabajaba a mi abuelito, todos los viernes lo iba a encontrar a la micro cuando venía de la feria, le ayudaba a trasladar los sacos y canastos con zanahorias. Trabajé hartos fines de semana pero cuando me ofrecieron la bicicleta sólo tenía tres mil pesos y el turco de José Domingo me cobraba cinco mil pesos… ¡Cinco lucas! ··· Yo no quería pedirle plata a mi vieja, porque me faltaba mucha, dos mil pesos y a lo mucho me daban mil pesos en navidad, así que fui a pedirle plata prestada a mi abuelita, y para suerte mía me regaló la plata; estaba tan contento como el día en que conocí el mar ··· Sí, el mar te estoy diciendo. Lo que más me gusta del mar es el silencio, pero no el silencio del ruido, sino que el silencio que viene después del ruido ··· ¡Ese silencio! El silencio que no existe, pero tú crees que está ahí, que lo ves, que te mira con su presencia ausente ··· como si ··· -¡Oye, Agustín! Ayúdame a tirar a Potrillo pa’ su carpa, mira que ya no se puede ni la lengua.

Las paredes de San Blas

Abel Delgado

No sé qué tenía ese cuartito del infierno que todos los que entraban en él salían gritando y llorando, incluso había gente que salía vomitando. Se podían escuchar mil versiones de lo que había dentro, y mil versiones de supuestos sobrevivientes, pero nadie las creía, porque según dicen, es imposible salir ileso. Algunos decían que era una sala de torturas donde conectaban a la gente con electrodos en todo el cuerpo y los electrocutaban hasta borrarle la mente; otros decían que era un cuarto maldito lleno de almas que atormentaban a la gente hasta volverla loca. Yo no le tengo miedo a la muerte y si tengo que entrar, sé que voy a salir bien. Ya llevo una hora en el cuarto del infierno, tengo que reconocer que tenía miedo, pero para sorpresa mía el cuarto no tiene nada, ni puertas ni ventanas, nada. El cuarto es completamente gris y un haz de luz pasa entre las paredes. Para meterme sacaron una pared del techo, y después la dejaron en el mismo lugar. Hasta ahora no me han hecho nada y tampoco siento nada; ni recuerdos, ni imágenes, ni fantasmas, ni electrodos, no tengo frío ni calor, la temperatura es agradable. El cuarto no tiene más de cinco pasos, es completamente cuadrado, no se filtra el más ínfimo sonido. Nunca había sentido tanta paz. Denantes me estuve acordando de mis jugarretas de chico, cuando con Pepe y Andy íbamos al río a buscar cerezas, y cuando no encontrábamos le íbamos a robar a la señora Delfina. Qué días eran ésos… ¡¡¡AAAaaaahhhh!!! Me cansé de pegarle patadas a las paredes, me aburrí de tener paz, ya no aguanto más el sonido de mi corazón, el ruido de mi respiración, ya no tengo recuerdos… ¿O es que ya no tengo más que recordar? Sí, sí tengo recuerdos. ¡¡¡ No, no, NOOO!!! Yo sé que voy a salir bien de aquí, la intención de estas maricas es volverme loco y ya encontré la forma de impedirlo… Me di cuenta que las paredes no son todas iguales, no tienen la misma medida, cada una tiene algo especial; si te fijas bien, ésta es más suave que aquélla, y ésa es más redonda que ésta, y la del fondo es mucho más hermosa que las demás. Es de un color más oscuro, más elegante, más sobrio, en verdad es hermosa, cómo no no me dí cuenta antes. Las paredes están pendientes de mí todo el tiempo, me protegen día y noche, nunca dejan de mirarme, ahora entiendo la canción “El muelle de San Blas” cuando la mujer se enamora del mar, TAN TAN TAN TAN TAN TAN TAN TAN… Cómo no entenderlo… ¿Cómo? ¿Por qué me quieren sacar? Yo no me quiero ir, no, nooo ¡No quiero! Déjenme, por favor, se los ruego, déjenme ser feliz… Nooo, nooo… Sí. ¡Aaahhh! ¡¡¡Te voy a matar, perra barata!!!! Sí, a ti… Te voy a comer las orejas, suéltame…. ¡Suéltame!

 

 

Published in: on 06/07/2007 at 5:22 AM  Comments (2)  

GAME[R] OVER, Ricardo Carrasco

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Para todos los gamers de corazón

 

 

En el fondo de la casa se siente el crujir de una bolsa plástica saliendo de su prisión, atrás de la ropa arrugada del estante más alto, en la pieza de Barakiel. El sol recién está calentando el techo de las casas en la ciudad Raccon y un chocobo hace su característico “kue kue” a lo lejos, pero el joven ya está con todo su HP recuperado y listo para darle al Press Start. El sigilo es su mejor arma, no debe ser escuchado o la misión fracasará, por lo que retira lentamente la bolsa. Revisa su contenido: todo en orden. El radar Soliton indica que su objetivo está cerca, exactamente en el living. Se abre la puerta de la pieza sonando tal como las de la mansión Umbrella que tan bien conocía y el gélido aire entra de golpe. No hay problema, piensa Barakiel, con mi pijama verde, las ballerinas blancas y este gorro con punta no tendré frío. Camina lentamente hacia el televisor, ojalá tuviera suficientes guiles como para comprarme uno propio, se dice, pero con el trabajo de Warehouse Keeper que tiene mi papá no se gana mucho. Abre el bag menu y comienza a sacar los implementos para armar al aparato: la pequeña pero fiel consolita blanca, con su rotor de CD´s pegado con neoprén, el transformador, los cables A/V blanco, amarillo y rojo, algo doblados puesto que la TV tenía sueltas las entradas y había que acomodarlos, la memory card y obviamente el dual shock guerrero de Barakiel, con el pad suelto, el cable pegado con cinta adhesiva, la goma antideslizante de los sticks casi totalmente devorada por su hermano pequeño y el vibrador arreglado por él mismo. Instalado ya todo, y sus padres con sleep, se sienta en su sillón, se saca el flauros del bolsillo porque le aprieta la pierna y enciende la televisión. Escoge cuidadosamente el juego y se prepara a entrar al mundo más friki que puede existir…

Una llamada de larga distancia por favor…

Ricardo Carrasco

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Imagen: Piromanía, Thomas Konigsthal.

La madera ayudó a que el fuego devorara muy rápido toda la casita en la que vivían los Hernández, tú sabes que acá en el sur todo lo hacen de madera, poh, desde la cabaña más cuica hasta la mediagua más pobre, no como nosotros que estamos acostumbrados al cemento caliente de Santiago, aunque después de cuatro años viviendo aquí ya me estoy acostumbrando a ver palos por todos lados… Jajajajaja, no poh, vieja caliente, no esos palos… Sí, sí, bueno te sigo contando, poh, cuando salimos a ver había la tremenda fogata donde los vecinos, estaba ardiendo completa y el Pablo… sí, ese mismo Pablo, al que le mirábamos el culo cuando salía a colgar su ropa al patio, ¿te acuerdas?… Sí, poh, ése que estaba casado con la tal Carolina, la de las tremendas tetas que se paseaba con su minifalda por la población, y te digo “estaba” porque desde el día del incendio no la han visto… Ooooye, calenturienta, tú eras la que se asomaba por entre la cortina para ver como lo hacían esos dos… Sí, jajaja, se veía todo ¡Pero ya pues! Déjame seguir contándote. Cuando salimos, el Pablo estaba parado en frente de las llamas, con un bidón de bencina de 15 litros y no se movía, te lo digo en serio, ni siquiera pestañeaba, estaba como hipnotizado por el rojo del fuego, parecía un… ¿cómo era que se llamaban?…¡Ah, sí! Parecía un zombie. Me dio miedo verlo, aunque más miedo me dio que el fuego llegara a mi casa porque el calor era enfermizo, como el mismo infierno…no, si sí… Los pacos me llamaron para declarar como testigo, porque piensan que él quemó la casa, y yo les dije lo que vi no más, poh… No sé dónde habrá quedado la tetona, nadie sabe dónde puede estar, algunos piensan que se arrancó de su Pablito porque le sacaba la cresta, pero tú y yo sabemos que le sacaba la cresta… ¡en la cama! Jajajajaja. Bueno, la verdá yo sé por qué no está, pero como Pablo ha venido de vez en cuando a hacerme algunos “favores” que ni te cuento, no le he dicho na’ a los pacos que la tetona ésa estaba adentro de la casa cuando Pablo le prendió fuego… Sí mujer, él fue quién quemó la casa, porque encontró a su esposa con un negro de los que juegan básquetbol en la Di Mayor, así que los quemó vivos a los dos putos; igual me dio como cosa cuando me lo contó, pero que más da, a una vieja cuarentona como yo le viene de perilla que le paguen su silencio con unas buenas cachas.

 

 

Terminal

Ricardo Carrasco

Dedicado a Catherine Triviño

Faltan unos días para que el plazo que le dieron los doctores se cumpla, después de todo ya lleva 82 años a cuestas, ¿qué más le puedo pedir? Aunque yo también tengo la misma edad y aún puedo caminar, apoyado en una vara gruesa de lenga, eso sí, y dejando a los pies conversar con el piso de madera crujiente por mucho rato.

Intento no entrar demasiado a su habitación, el olor a enfermedad y a muerte me descascaran esta alma de viejo, pero sé que pronto llegará el momento en que me tenga que vestir de negro, mandar a todos los hijos a la cresta y pasar frío solo en la cama, de noche. Así que junto mis pocas fuerzas de profesor retirado para abrir la puerta de la pieza matrimonial, ésa que jamás arreglé por flojera, por miedo a que me quedara chueca, o porque estábamos demasiado ocupados haciendo el amor en la cocina.

 

Las rodillas rechinan cuando boto el bastón al suelo y me arrodillo a su lado. Me mira con esos grandes ojos que siempre me han cautivado y esa carita tierna que el cáncer tampoco ha podido desfigurar. Se saca la sonda de su mano y alarga hacia mí su frágil brazo. Lo tomo. Está áspero como el cemento de la tumba que pronto llevará su nombre. No sé qué decir, la placa me baila en mi boca sin saliva. Estiro mi cuello venoso y mis labios arrugados. ¿Tal como los años de oro de mi vida, eh? Nos rozamos las líneas de la boca, saboreo ahora la amoxicilina que te tomaste recién, ya no eres menta ni frutilla, amor. Te toco el pelo blanco, sigue tan suave como siempre y tu chasquilla inmóvil sobre tu frente. Escucho tu corazón al ritmo del desfile del dieciocho al que nunca íbamos, pero tu respiración sigue tan agitada como siempre y me humedece la nariz. Cerramos los ojos, angelito, y no te quiero soltar el brazo y no te quiero soltar la boca. Apenas puedo respirar, mis pulmones antiguos ya no me sirven. Un pitido impávido. Marcapasos de mierda. Te amo. Abro los ojos, pero mi viejita ya no. Voy a preparar mi ropa oscura, la botella de whisky con la que me emborracharé y las rosas que perfumarán nuestro adiós.

 

Nada en la Caja

Ricardo Carrasco

Cuando Claudia abre los ojos una luz blanca y cegadora se encarga de cerrárselos. No recuerda nada, excepto una leve sensación de metal frío en la palma de su mano derecha, que comienza a desvanecerse de a poco por el calor de la luz omnipotente.

Los globos oculares comienzan a abrazar el plano, chocan de golpe con una habitación blanca. Ya he visto esto en varias películas, piensa, pero no recuerdo de qué trataban, ni cómo se llamaban, ¡diablos! No me puedo acordar de nada. El suelo y las paredes están acolchadas, sus pies descalzos le informan de la suavidad del lugar. ¡Qué rico! Frota la planta de sus pies contra el colchón que tiene como punto de gravedad. Además hay una calidez uniforme, es relajante, la misma luz que todo lo envuelve debe producir este calor, imagina Claudia.

¡Pero en qué estoy pensando! Debería intentar recordar cómo llegué aquí, se dice, o mejor aún, por qué… No, nada. Vacío. Claudia se sienta en medio de la habitación a esperar algo que ni siquiera sabe qué es. Espera que suceda, espera ansiosamente, espera y espera. No, nada. Memoria y habitación: vacías.

Me parece que ya ha pasado un año, el hambre, la sed, el sueño y el aburrimiento me están matando. Se recuesta en el mismo sitio, ya no quiere ni moverse. Pese a todo no me siento mal, no me molesta, pero tampoco me siento bien; es como estar acostada en la Nada, abrazada besando la incertidumbre y tapada con una manta de dudas.

De pronto, ahí, en la esquina superior derecha, un cuerpo extraño. Pasa casi desapercibido, pero ahí está. Un cilindro cerrado por un vidrio. Ella se acerca lentamente, lo mira, piensa algo y luego, como un relámpago estira su brazo con fuerza y lo arranca de raíz, junto con una mata de cables…

Tsssssssssssssssssssssssssssssssssss

-¿Lo vio doctor? Estuvo 20 minutos en la habitación de reposo y ya presentó un acto violento al romper la cámara. Voy a apagar este receptor que el ruido me desespera. ¿Qué cree usted?

-El diagnóstico es lapidario, señor fiscal: demencia. Lo bueno es que se salvará de la cárcel, ¿o no?

-La muy perra se salvará de una cadena perpetua que le hubiese venido bastante bien. Es denigrante para un hombre que su mujer lo mate con su propia pistola… (más…)

Published in: on 05/07/2007 at 10:09 PM  Comments (5)  

OLOR A CHOCOLATE CALIENTE, Valeria Ocampo

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Me desperté una mañana, como muchas otras, en la cama de dos plazas de Malú, mi abuela (a ella le molestaba mucho y me tiraba las mechas cuando la llamaba abuela). Miré la pieza grande y ordenada con ese olor a sábanas limpias con un toque a limón que la caracterizaba. Estiré los brazos queriendo tocar el techo y corrí al comedor que a esa hora estaba impregnado al olor del pan tostado con mantequilla que me preparaba ella y tanto me gustaba, me asomé a la mesa y mi taza de leche con chocolate y canela ya estaba preparada. Me senté en mi puesto, ella nos tenía uno especial a cada uno de sus nietos y aunque en esa ocasión me encontraba sola con ella, igual tenía que respetar mi puesto, además ahí estaba mi dulce leche. Cuando me senté, sentí el olor a chocolate caliente que salía de mi taza. No podía empezar sin ella así que la esperé sentada y hambrienta. Cuando se acercó a mí para darme el besito de buenos días, sentí nuevamente ese olor a limón, pero esta vez mezclado con la crema Lechuga que se ponía en la cara. Después del desayuno me vestí y salí a jugar al patio. Al sólo abrir la puerta de la cocina para salir al patio se podía sentir el aroma de la parra de uvas moradas y dulces, ese olor que no puedo olvidar, olor a Diego de Almagro por la mañana, a las plantas de la Malú, a la tranquilidad de su casa y mi niñez.Al poco rato de jugar con unas bicicletas viejas y un carrito antiguo que tenia la Malú en su patio, el olor a uva se perdía entre el aroma a comida, a amor, preocupación y dedicación que salía de la cocina. Entré corriendo y pregunté ¿Qué hay de almuerzo?, sabiendo la respuesta… “Se llama Come y Calla”.Esperé el almuerzo que desde ya me estaba imaginando, en la pieza que antes era de mis papás, mientras jugaba nintendo con esos controles fríos y duros. La pieza tenía olor a comida, ya que estaba muy cerca de la cocina. Y de un momento a otro escuché: “¡Valeluchi está listo!” Corrí a la mesa y me senté en mi puesto y allí estaba lo que me imaginaba, esos ricos tallarines con salsa que tanto me gustaban. Ella nos daba la opción de echarle crema espesa además, lo hacía como una travesura ya que a mis papás no le gustaba que hiciéramos esa mezcla, ¡era una cochinada! Ese olor, ese gusto no lo he vuelto a sentir más. Puede ser muy fácil preparar tallarines con salsa y luego echarles crema, pero “ese” olor a “esos” tallarines no lo olvidaré y sé que no lo podré ni encontrar nunca.Almorzamos y fuimos a su pieza, donde ya estaba hecha la cama y las ventanas abiertas que hacían que el calor y el olor a vereda entrara a la pieza. Vi tele mientras tanto ella dormía una siesta y no puedo olvidar ese típico olor a ajo en la boca de la Malú, acompañado de los ronquidos que hacían que la despertara para que se diera vuelta.
En la tarde me pidió que la acompañara a comprar al Jumbo, nos subimos al auto que siempre olía como a la cartera de ella mezclado con vainilla de esos pinos aromáticos. Llegamos y desde ahí sólo recuerdo olor a naranjas, será porque yo corría sólo por ese pasillo mientras esperaba que terminara las compras, luego de nuevo el olor al auto mezclado esta vez con bolsas y con comida, cereales y frutas que me gustaban.Ahora me doy cuenta lo mucho que recuerdo sus olores, el de su casa, de su pieza, de su ropa y cuerpo. Vuelta a la casa, el mismo olor a pan tostado con mantequilla y un poco olor a pipa que salía de la pieza de mi abuelo. Y en la mesa… mi leche, pero esta vez con cereales Chocapic.Cómo extraño esos aromas, su esencia, y ese chocolate caliente con canela que nunca más ha vuelto a ser el mismo.

                                           El Día de los Ángeles

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Imagen: Hada, Hube Salamanca (bodypainter chileno)

En tiempos remotos, a principio de la vida y la civilización, los hombres respiraban aire puro, tomaban agua de los pozos, vivían sin peligro alguno, y la solidaridad era el lema de todos. Los hombres de la tierra y los ángeles del cielo sentían tanta paz y alegría día a día que los ángeles les regalaban a sus amigos terrestres, cada cierto tiempo, pétalos de flores de distintos colores, texturas, formas y olores. En esas ocasiones las personas salían de sus casas a celebrar el Día de los Ángeles, que duraba a veces hasta 3 ó 4 días seguidos.Era tanta la maravilla de esos días, que cuando mirabas las nubes podías ver pequeñas alitas jugando y volando en círculos mientras los pétalos caían. Los hombres recolectaban los pétalos y hacían cojines aromáticos para que sus casas estuvieran perfumadas todo el año. El mundo olía a flores que no se encontraban en la tierra, estaba lleno de colores y eso hacía muy feliz a la humanidad.Cuando los angelitos se caían, los humanos se esmeraban en cuidarlos, sanarlos y protegerlos para así devolverlos a su lugar y desde el cielo pudieran seguir ofreciendo su alegría. Y como no todas las historias tienen un final feliz, el tiempo pasó y los hombres cambiaron lentamente su forma de ser, apareció la maldad, la vanidad y el egoísmo. A pesar de eso, la tradición seguía, los Ángeles no sabían los cambios que estaban ocurriendo en la tierra. Un día un ángel llamado Gabriel cayó del cielo, pero esta vez no lo ayudaron ni lo devolvieron, lo capturaron y lo enyesaron para conservarlo y para que no pudiera escaparse, lo expusieron en la plaza de una cuidad, como estatua, y así pasó con uno y con otro. El cielo ya no era el mismo, el color cambió a un celeste oscuro, los ángeles ya no se aparecían ni les regalaban pétalos de flores a los humanos, el mundo se volvió triste y opaco, las personas se dedicaron sólo al trabajo y a sus quehaceres, las personas ya no veían a su alrededor. Ahora los Ángeles lloran a sus amigos perdidos cada vez que los recuerdan y los necesitan, botan sus lágrimas a la tierra en señal de tristeza y de reproche, incluso hay veces que tiran rayos para castigar a los humanos que le hicieron tal daño al cielo. Ya no nos deleitan más con sus bailes, sólo nos demuestran su tristeza con lágrimas que inundan nuestras calles. (más…)

Published in: on 05/07/2007 at 3:20 PM  Comments (5)  

El ULTIMO NGUILLATUN, Lorena Hueitra

 


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Quizás es uno de los recuerdos de infancia que ha logrado mantenerse con más nitidez en mi memoria, aquellas imágenes que vienen a mi cabeza algunas veces al dormirme y al sentir el aroma de harina tostada, que marcaron la lucha de dos culturas entre las que me desenvuelvo y que influyen totalmente en mí. Mi niñez en la comunidad marca mi identidad como Mapuche.

El olor a humo de raulí, pellín, canelo, de una gran fogata hecha con leña de árboles nativos de la gran madre tierra, se aprecia a gran distancia del lugar sagrado, junto con el sonido de la trutruca y el llamado del kultrun, que nos acompañan en el camino hacia el rewe. Tomada de la tibia mano de mi padre, ya que era apenas una niña de seis años, junto a mis hermanos y mi madre, íbamos rumbo al último Nguillatun que se realizó en la comunidad. En aquel entonces yo no lo sabía, pero era el último que reunía a los habitantes de Ancacomoe y comunidades de los alrededores, fue el más grande, asistió mucha gente, en un ambiente con aromas humanos de sudor por el baile de tres días, mezclado con el humo de la fogata donde arde un vacuno ofrendado, las comidas de cada ramada, carne de cordero estofado, sopa de vacuno, tortillas al rescoldo, mote, catuto, miel, etc.; y el sudor de los caballos que en interminable trote resguardan el terreno sagrado de los winkas y los malos espíritus.

Como era una niña, sentía cierto temor por la cantidad de caballos que corrían a nuestro alrededor, aunque en las noches eran poco perceptibles, sólo se sentía su galopar a lo lejos y otras muy cerca de donde dormíamos los más pequeños. Al llegar el alba, nuestros padres se acercaban a despertarnos, acercándonos al rewe que desprendía un fuerte olor a canelo y maqui. Allí compartíamos junto a ellos una nueva oración; yo, somnolienta, agarrada a la falda de mi madre y rodeada de gente, escuchaba la rogativa en un idioma que no comprendía totalmente, pero que llegaba a mis oídos y conmovía totalmente mi interior. Al poco rato se siente el olor de harina tostada, y en un instante llegan a nosotros mis primas grandes repartiendo el aromático producto, junto con un fermentado muday, que debemos comer, para reponer energías y comenzar nuevamente otro purrun.

Aún asisto a los Nguillatun y cada vez que siento el olor de la harina tostada, mi memoria me trae aquel día de felicidad, caminando hacia el rewe tomada de la mano de mi padre. Sí, fue el último y el más grande. (más…)

Published in: on 05/07/2007 at 5:21 AM  Dejar un comentario  

INSOMNIA SOLILOQUIA, Deborach Astudillo

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Ya son la una de la mañana y no he podido cerrar ni un solo ojo. Desde hace un par de días esta condición de ser inmune al sueño me domina, ¿será un síntoma más de mi enfermedad? Lo único que sé, es que al parecer nuevamente me he privado de soñar.Trato de contar ovejas, dicen que eso sirve para quedarse dormido, pero no me produce nada, excepto unas ganas terribles de comer cordero al palo. – ¿En qué puedes pensar para dormir? – Ya sé, debo tomar mis pastillas, esas pastillas pequeñitas que me aturden, esas que me dio el psiquiatra. – ¿Dónde están? – ¿acaso las dejé en el velador o debajo de mi almohada? No, definitivamente en ninguna de esas partes; están en el suelo, al lado izquierdo de la puerta, debajo de la ropa blanca que usé en la mañana… ¿Cómo llegaron ahí si yo las tenía en mi velador? – Piensa qué hiciste, trata de recordar- Mmm… no puedo, ese momento se borró de mi memoria, es como si alguien me lo hubiese robado ¿entiendes?. –No, no te entiendo. Antes podía entenderte pero ahora eres otra persona, ahora te desconozco. – ¡No he cambiado! Soy el mismo de ayer, de hace tres meses, soy yo, sólo que un poco desquiciado, pero yo al fin… – Mejor busca las pastillas – Sí, tienes razón mejor las recogeré y me las tomaré, quizás así pueda dormir…

(Unos minutos después…) 40 mg, eso contiene cada pastilla de diazepan. Creo que es insuficiente, yo no he dormido en dos días y si sumo éste serán tres. ¿Qué pasará si tomo tres pastillas?, no creo que muera intoxicado, aunque a estas alturas morir sería lo más cercano a dormir. – Toma agua – Ya tengo el vaso a mi lado. Tengo miedo, nunca he tomado tantas pastillas juntas en mi vida…– Sé valiente, ya lo decidiste… ahora todo lo que te suceda será un misterio. Buen viaje, ojalá podamos dormir… – Voy a cerrar mis ojos…

(Diez Minutos más tarde…)Mis pies… están húmedos… ese olor… ¡ese olor! -¿Olor? ¿qué hueles?- No sé… me pregunto si podré abrir mis ojos. No los he abierto desde que tomé las pastillas – eso es decisión tuya – Aquí voy… los voy a abrir despacio… –¿Qué ves?, ¿dónde estás?-.…Y ese mar que tranquilo te baña…” Veo el mar, es inmenso… pero está inquieto. Sabes aquí no hay nadie, estoy solo… SOLO. ¡Mierda! Solo, abandonado; ni siquiera hay un ave, ni un bote, ni una casa, sólo el mar turbio y bravío, sólo el mar… –¿Por qué te arrodillas Manuel, por qué te tomas tu cara, por qué gritas si nadie te oye? ¡Manuel…!.-¡No, no, no! Insoportable soledad, porque recuerdo lo que no debo recordar. Me ahogo, y no en el mar precisamente, me ahogo viendo el mar, sintiéndome solo, sufriendo por la melancolía, me ahogo de angustia. – Manuel… sal de aquí. Sácanos de este maldito mar, Manuel…- Perdóname, pero no sé cómo salir… me falta el aire… toma mi mano, ayúdame, llévame a otro paraje. Dios, si en verdad existes… llévame… arrúllame en tu brazos como a un bebé y déjame dormir… Por eso no dormía verdad, por las pesadillas… y tú, mi amigo ¿me podrás ayudar?

(Dos meses antes: momento previo a la consulta con el psiquiatra) Y aquí estoy, esperando entrar a la consulta del doctor Barthes. Qué manera de sudarme las manos… supongo que es el nerviosismo. ¿Estaré loco? ¿Qué tendré?… Ya es mi turno… – Manuel, ten fuerza y piensa que al psiquiatra no solamente van los locos – .

(En este preciso momento…) Si esto es una pesadilla significa que yo… que yo puedo cambiar mi sueño, y si lo logro es que en realidad duermo ¿qué opinas?. – Eso es bastante lógico Manuel. Vamos tú tienes dominio sobre ti… Inténtalo -.Aquí voy, debo concentrarme… mis pies siguen húmedos y tengo frío… ¿qué me recomiendas que haga? – Ve a una fogata -. La veo, es inmensa y hay mucha leña para seguir avivando el fuego; me voy a acercar, necesito su calor urgente… Veo entre las llamas escenas en el fuego, personas, no es tan nítida la imagen, pero las veo… Me sentaré al lado de la fogata y miraré el cielo. Es hermoso el cielo, está estrellado… – Manuel, las llamas –. Nunca había visto la luna tan resplandeciente ni tan enorme… – Manuel, las llamas – Resultó, ahora sí que me dio sueño, – Manuel, las llamas – ¿Qué pasa con las llamas? ¿Pero, qué hacen las llamas del fuego fuera de él? ¿Por qué danzan, por qué me rodean?. – Manuel, tengo miedo. ¡Manuel aléjate de las llamas! –. Me abrazan… mi pecho está apretado. Dolor, siento dolor… me quema, arde… No puedo zafarme de ellas… – Manuel, tengo rabia porque no puedo ayudarte, sólo tú puedes. El olor a tu carne quemada me repugna, siento ganas de vomitar. Manuel, eres tú contra tu mente, tú puedes, hazlo, sal de este lugar -.

(Dos meses antes: tercera consulta con el doctor Barthes) – Manuel ¿qué te pasa? – No sé… esa voz me habla a cada rato, en todo lugar. – Manuel, no tengas miedo. Yo quiero ayudarte, pero para eso debes confiar en mí. Tú problema tiene solución. Hoy en día la esquizofrenia puede ser tratada, y hasta podrías llevar una vida normal, siempre y cuando cumplas con tu tratamiento.

(En este momento…) Cae una lluvia amenazante que apaga el fuego y me refresca la piel. Voy a cerrar los ojos y quiero sólo concentrarme en los ruidos de este lugar… – ¿Qué oyes?- No sé… es un mono creo, espera… unos pajarillos, al parecer cantan; voy avanzar pero no abriré mis ojos – Describe el lugar, ¿cómo lo sientes? – Tiene una vegetación tupida, creo que estoy tocando plantas – Abre los ojos – Estoy en una selva, hay abundante vegetación; no puedo avanzar fácilmente en ella. De nuevo me siento raro; escucho el ruido de las bestias amenazantes, creo que están cerca de mí. Me quedaré aquí, me da miedo seguir adelante y no saber qué me espera, no hay ni un lugar seguro. Mis manos sudan en exceso, tanto que caen gotas de ellas… ­– Manuel, despierta, Manuel… -. No. Estoy angustiado… hay una luz que me está cegando… ¿por qué no me puedo mover?­ – Manuel, reacciona, despierta hombre. Manuel, no te quedes ahí -. Creo que por fin he despertado, veo borroso pero distingo que estoy dentro de una pieza gris, amarrado a un catre estilo hospital. Parezco un prisionero, me vienen las ganas de huir, creo que no pertenezco a este lugar… quiero salir… No sé dónde estoy, no sé si duermo o no… Y sobre todo no sé cuál es mi realidad.

 

Ecos de ayer

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La tarde cada vez se aleja más de mi ventana, mientras las nubes grises decoran el paisaje campestre de Cato. El remolino de opacos colores cada vez se hace más intenso, yo me quedo absorta observándolo. Llueve, al igual que ese 25 de abril; llueve, al igual que mis ojos en ese 25 de abril. El frío me envuelve mientras yo camino de un lado para otro en una pequeña sala de un hospital; camino como si buscara respuestas mientras siento las miradas fijas de quienes me acompañan. A mi costado izquierdo hay una puerta que dice U.C.I., una puerta que me separa de quien más amo en este mundo: mi Mamá.Ya han pasado más de dos horas desde que fue ingresada y aún no sale nadie a darnos explicaciones; mi padre está sentado junto a mi hermano, y veo en ellos esa mirada perdida en un horizonte inventado. Las preguntas sobran, el qué y por qué nos gobierna, pero no hay respuestas. Mi vaivén en la sala molesta a algunos, así que me acerco a la ventana y miro cómo cae del cielo la lluvia, que para ese entonces graficaban las lágrimas derramadas hacia mi madre; creo que el día me acompañaba, era tan lento como el extinguir de la vida de ella, era tan torturante como la angustia que me envolvía.De pronto la puerta helada se abre y con ella la respuesta tan anhelada, vi sus ojos llenarse de lágrimas, pero no de tristeza sino de felicidad, vi sus abrazos y de ellos yo no quise participar, sólo me di media vuelta y miré de nuevo por esa ventana y vi la lluvia que poco a poco desaparecía, y allá en el fondo – como quién mira hacia San Vicente – vi el sol asomarse poco a poco. Y vi también cómo el agua se evapora para luego volver a ser lluvia. Mi esperanza se evaporó con ella… sabiendo que algún día volvería a llover. (más…)

Published in: on 05/07/2007 at 12:33 AM  Comments (4)  

ALSONÉTICO, Carla Ramos

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Es lanzada con la concentración de todas las fuerzas de un engaño, brutal. No distingue de tristeza ni risas, de llanto ni de alegría. Decidida. No respeta semáforos, flores de papel, ni a la Candelaria. Infinitos gramos cuando se cree necesario y cuando no, también. Algo así como un “por si las moscas”, capaz de crear un calendario y lograr que todas las bacterias del mundo giren en torno a su creación. Cae, es sólo un gran hilo que cae. A ojos de cualquier egoísta no son más que partituras que a un despreocupado director de orquesta se le han perdido y que no hace el menor intento por recuperar.Se pega en el rostro, sabor a jugo de murta perfectamente procesado, que a cualquiera engaña, como un lunar que invita a ser infiel. Testigo de cómo y cuándo las mejillas pierden el color. Perfectamente confundible con lágrimas que anuncian conclusiones en días sombríos y hace que te preguntes una y otra vez cuál es el precio a aprender a no llorar. El ruido asusta a niños, jóvenes, adultos y ancianos, acá la costumbre no tiene lugar. Castiga sus voces y pone en jaque sus músculos. Caras disgustadas con la vida. No faltan los que huyen, se marchan buscando su dignidad en lo alto. Muy seguido se forman pequeños mares que esconden infinitas historias, que encienden el silencio, que se quiebran en inmensas olas y derrumbes. No soporta la luz. Un haz luminoso puede ser completamente mortal para sus funciones. La consume poco a poco, sin apuro alguno, segura de que en cualquier momento se extinguirá. Está aquí, mientras ordeno veinte veces los libros, las copas, las cartas y la alcoba, burlándose porque finjo ser tonta, apoyo mi cabeza en el cristal y se apresura en hacerme saber que la juventud se me va en bicicleta y no volverá. Todos corren cuando perciben su presencia, la quieren evitar, porque nadie aguanta que aparezca, que sin invitación se apropie de la fiesta y haga su arribo justo allí, en cada una de las guerras que no se han sabido ganar por haberlas peleado sin una pizca de honestidad. Qué hace aquí: todo y nada a la vez. Consigue que todos, TODOS, se confiesen, prometan y recen sin cesar, aquello que nunca harán. Vuelve la misma función y el mismo espectador.

Declaración

Carla Ramos

Me mira. Con sus ojos pequeños, la niña me mira. Ojos que parecen haber vivido las siete vidas de un gato. Busca consuelo. En una esquina la encuentro saltando a gritos enmudecidos. Saboreando el aroma del invierno. Se envuelve de lado a lado en historias de príncipes y hadas. Simplemente admite que Cenicienta era la chica de aquel vals. Se vuelve en silencio a sus cuatro paredes… a la misma función. Camina. Quiere que nadie haga caso de los subtítulos bajo su sonrisa. Sus ojos la delatan. Camina. Camina. Camina. Sin rumbo camina. No encuentra cuentos que cuenten historias de ella. Intenta que su soledad se vaya en aquel barco de vapor. A orillas del mar se queda, sus ojos cantan ciegamente, se va quedando sola, sola se va quedando mirando la vida pasar. A veces las palabras sobran, sin razón, respondió la niña. Hoy seremos felices en el silencio. El contador del taxi para. Publicidad en su paraguas. Se encuentra sola en el balcón de la calle del perdón. Sólo quería sentir lo que era ser amada. Pero se sentó a mi lado, se acercó a mi oído y en susurros confiesa que le gustaría permanecer oculta, como si caminara en la oscuridad, si nadie te ve, nadie te conoce, a nadie le importas y nadie te rompe el corazón. Se ve a si misma en sueños, firmemente plantada sobre sus pies, pero de hecho pasa todo el tiempo sentada siempre medio dormida. Me dice que mientras haga el bien debería ser feliz, pero no termina de entender qué es la felicidad.

Se pone de pie y el invierno se enamora de ella. Tiene frío. Respira hondamente el olor a la soledad y se impregna de ella. A las 29 llega aquel muchachito. Se sienta a su lado y la invita a pasearse por la vida. Ya casi se ahogan de felicidad. Marcha en busca de aquel peculiar vegetal que hace que te rías de la bruja de noche y de día, pero soplando las velas la niña acompaña a otra niña. La bolsita de dulces trae una gran sorpresa, otra invitación: si tus sueños mueren que sólo sea porque se han hecho realidad. Saltando que salta, salta. La cuerda se cae una y otra vez. Una y otra vez la niña la vuelve a coger. Acaba de aprender la lección. Si el honor y la victoria valen más que las personas es que no hemos aprendido nada. Y con una beca en el siquiatra estaremos riendo porque de llorar, no sabremos.

Esto que yo digo que parece que dicen que soy

Carla Ramos

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Un Caballo. Tengo dieciocho años recorridos. Comparándome con los demás animales, el chancho, la gallina, el tigre, y unos cuantos más que ahora no recuerdo, llegué a la conclusión de que soy bastante más limpio que ellos. Creo que eso tiene que ver con la educación que me entregó la yegua de mi madre, Siempre se preocupó de enseñarnos lo mejor que pudo, el cómo comportarnos cuando venían los patrones, o cuando les llegaban familiares del norte. Nos enseñó cómo comer sin que nos quedara pastizal en los dientes, porque eso se ve muy mal. Decía que causábamos mala impresión. Además, hay un humano, debe ser jovencito, que nos viene a cepillar todas las mañanas. Mis funciones en la vida de los humanos son hartas. Las que más me gustan son las de cargar cosas para llevar a la ciudad, me gusta porque me siento “alguien” entre tanto animal, me siento útil, aunque hay veces en las que se les pasa la mano y creen que soy burro de carga, pero no importa porque son cosas del momento que siempre pasan. La hija de mis patrones que está estudiando en la capital dice que el dolor es algo psicológico, ahí yo no entiendo mucho. La otra parte que me gusta es cuando la gente me utiliza como medio de diversión, les encanta montarme y hacerme correr, ellos quisieran que yo ande lo mas rápido que puedo, pero yo creo que si lo hago podría meter la pata y causar algún accidente. Lo importante es que ellos la pasan bien.¡Siempre listo! Así soy, así estoy. Cuando al patrón se le olvidó alguna cosita en el pueblo pa’ allá parto. Si el nieto de la vecina se enfermó a las 3 de la mañana, a la posta llego. Cuando hay que ir a encontrar a la universitaria al pueblo, siempre corro. Me gusta estar siempre listo, en forma, para cuando necesitan de mí. Los otros animales del campo, creen que soy como un León. No saben que están muy equivocados. En la asamblea que tuvimos hace algunos días, por votación unánime salí el animal con mayor seguridad individual, la banda que me pusieron decía: “Seguro de mí mismo”. No tienen idea de cuánto me cuestan las cosas. Creo que eso pasa por mi estética, consideran que soy seguro porque me ven grande, fuerte, como “el rey de la selva”. En la asamblea querían darme otro reconocimiento al más inteligente, ellos piensan que siempre tengo las respuestas correctas a las cosas, que sé expresarme con claridad… en fin. Yo soy una gaviota, fui elegida por la asamblea para dar nuestra visión de esta tortuga: Creemos que este particular integrante de nuestra comunidad base es muy segura de si, es lenta, lo tenemos claro, pero cada paso que da es tan claro y exacto que todos se sienten seguros con ella y confían en sus movimientos.También nos dimos cuenta que jamás recurre a nadie cuando está en situaciones complicadas, creemos que esto pasa porque no le gusta molestar a los demás animales ni que se preocupen por ella; piensa que sería egoísta de su parte, es por eso que a veces no se encuentra, porque está refugiada en sí misma, escondida en su caparazón. A veces se demora más de lo acostumbrado en volver a la normalidad, suponemos que aquellas veces le ha resultado un poco difícil superar sus problemas. Las expresiones de su rostro son muy notorias y siempre la delatan en sus cambios de ánimo. Sabemos que jamás recibiremos un “No” como respuesta de parte de ella.

Aún no entiendo por qué no quiso aceptar el premio de “Mejor Compañero Animal”, es el que todos esperan tener.

 

 

 


Published in: on 04/07/2007 at 2:53 AM  Comments (8)  

BUSCANDO UN HORIZONTE, Yordana Muñoz

ym-bicidestinojpg.jpgImagen: Sin destino, Manuel Estop

Buscando un horizonte, así creo que se siente la persona, de la cual leí sus notas. Tirada en mi cama me dispuse a explorar aquel cuaderno. Junto al silencio que me proporcionaba aquella tarde en el campo, me di cuenta de lo desorientada que se sentía aquella mujer, las frases de los textos que en aquel cuaderno se entrelazaban contaban la vida de alguien a la deriva, triste, desesperanzada, una vida que aún no encuentra la razón de existir.

Y mientras leía me di cuenta que aquella que escribió una etapa de su vida, se parecía mucho a mí. Se planteaba la misma pregunta que en este último tiempo yo me he estado planteando… (más…)

Published in: on 03/07/2007 at 3:49 PM  Comments (3)  

DEBILIDAD, Vanessa Parada

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Tac, tac, tac, tac. Cuatro escalones y llegó a destino. No quería verla así, no tenía la fortaleza para sostenerla mientras se deshacía sobre la batea. “Tendrías que estar aquí”, cómo extrañaba la fragancia segura, brava y pensativa, de su cariño malo. Soltaba grandes sollozos de lágrimas soñolientas y exhalaciones que sabían a los postres que no alcanzó a comer. Olía a cloro y a betún de calzado, ese de tono escolar, con el que se preparaba para recibir al anónimo lunes, que esperaba bajo las mantas de la noche helada. Estaba tan despreocupada de sí misma, todo el tiempo se reasignó de los ejes normales al doble rol: padre y madre.

Eran casi las tres de la mañana y a las seis y treinta comenzaba su rutina, nuevamente. Una mañana que auguraba con ansias los momentos felices, de una puerta batiente y tonificante, que traía una visión, pasada, con hedor a campo y matas floridas. Le provocaban, en la garganta, un revoloteo llamado logro, ganancia que podía acariciar, con su vista empapada, sobre la remarcada hoja, escrita a trazo infantil, y merecedor de un almuerzo más seco que mojado.

La planta baja ya no olía a pino. Sin embargo, a pesar de un mal festín, en las habitaciones superiores, el jardín de sus niñas, permanecía la calidez del juego. Podía verse correteando entre mantas osadas, colgadas de los firmes clavos que su marido puso alguna vez, llegando a las pequeñas cosquillas que cumplían en marzo y octubre sus valientes años. Las atrapaba a besos y mordiscos, mientras que las acarameladas soltaban enceguecedoras carcajadas y cítricos gritos que iban a estamparse en las hendiduras rectangulares, promovidas por los modernos ladrillos color champagne.

Sabía qué hacer, pero no lograba mantenerse derecha, le provocaba vomitar a ella también. Se esforzaba por repetir lo que diría él, en estas circunstancias. “Eres fuerte, Guagüita, yo no podría verla sufrir de esa manera. Desde la primera célula, has soportado el dolor de su milagro”. Era todo lo que quería desde los catorce años, nada le había traído más dicha, en él se resumían los aromas que necesitaba recordar. Pan amasado, tomates frescos, ciudad, campo, Angol, Valdivia y Santiago. Todo cincelado a su rostro por los besos del hoy ausente.

Las ventanas de enfrente, por esos largos tres meses, mirarían la misma calle vacía con gusto a viejo, y la cama del dormitorio principal se preguntaría por el dueño de casa y por las lágrimas en su costado derecho. Es que, el equilibrio caminaba junto a los lustrosos zapatos de quien, tres y siete años antes, fue partícipe de la creación.

La cabellera de su Chachy seguía igual de brillante, pero en los ojos se le apagaba la razón con cada sedimento estomacal que era disparado, sin medida exacta, bajo sus saladas angustias protectoras.

“¿Tendrás frío?”, se preguntaba, sin antojo de rehuir a la situación, y podía divisar la estela de la ausencia, que le guiaba a la frontera cordillerana. “Mamita… no quiero… me duele”. Volvía al arrullo maternal, hogar pestilentemente tibio, climatizado a bazofia dorada y vinagre rancio. La pequeña cabeza asomaba, entre sus brazos, e iba a dar a centímetros de la cubeta. No veía más que una sobrecogedora acuarela borrosa y desgarrada, de tintes mañosos de niña enferma e hilos vaciados al abandono, en matices furtivos e indiferentes del adolecer digestivo de la frágil “Vanessita”.

                                               Desvendada

Vanessa Parada

 

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Oliver Wetter, Alternative reality


Tras del cerrojo, escondió las tijeras. Había reformado y destrozado, hasta por el revés, todo acolchado, afranelado o transparente pedacito de trapo que blindaba su habitación. Hilachas, fracciones, nada que moldear. No lograría dirigir una sinfonía hasta tener las notas adecuadas. Un Re bemol, un Do de pecho y el Si sostenido que tanto le gustaba. No quedaba nada a lo que darle grafía.

La gestión requería asolearse de bullicio. Adquirir texturas en retazos de colores acordes a los acordes de una tonada no le era tarea conocida. En alguna parte quedó el ir y venir de la ayuda. Ahora debía encontrar la puerta por sí misma. Sopló y escribió delicadas formas ululantes entre las plumas del edredón, el mullido relleno del sofá y las cortinas tapizadas de volutas bordadas de luz. A un lado, al frente, rodear la mesita, girar al compás de las manecillas del reloj, cruzar la lluvia de mostacillas, abrir, cerrar. Un paso y chocó con descoloridas y desafinadas mantas. Hola, ¿cómo está usted? Recordó haber oído esas palabras dentro de alguna de las canciones que su madre pronunciaba al salir por entre los ladrillos textiles de su morada tornasol. A pesar de estar falta de perfección, la composición le hacía llegar un tono dulce, manchado de ciruelas y con el fresco ronronear que poseían los ojos de su madre. Dispuso, entonces, que entablaría convenio con aquella bienvenida. A medida que bailaban diversos modos a su crítico tímpano, notó que la casualidad que construía aquellas armonías le daba carisma a su tonada, una atracción que no sabía podía lograrse con el arte aprendido desde las reglas. Quería ver más, sentir toda clase de nuevos dolores de oído, dolores que renovaban la estética cerebral de sus jóvenes años.

En la sala participaban texturas mullidas y suaves, no parecía haber espacios equitativos entre tonos pesados y cálidos, era más bien una arquitectura estampada de sombras y luz que bañaba de azúcar derretida las caras de los accesorios inmediatos. El escenario provocaba echarse a parlotear estrofas llenas de combinaciones hechizas y de reír alocadamente sin pensar en los parámetros establecidos por la clara utilidad de reposar. Desde aquel sitio se lograba percibir una desequilibrada balada comestible, los aromas combinados hacían querer zambullirse en la nube de vapor que provenía atada a un chillido que llamó a todos a esconderse dentro de la ebullición. Enseguida se acercaron pasos desordenados, ansiosos de cobijarle en sus furtivas pinceladas de sabor. Su digerir estipuló un contrato a largo plazo entre las sobresaltadas rugosidades de la degustación y las prácticas culinarias de aquellas complejas e imperfectas personas.

Las ilusiones de confortarla, atrajeron el murmullo familiar guardado en sus ojos. Soltaron recuerdos salados, transformando la compañía en caricias. Ella conocía bien las ilusiones, estaba acostumbrada a diseñarlas sobre un equipado arsenal de sueños de las más ricas fibras traídas desde lugares desconocidos, lugares narrados con tintineo maternal. Ahora se encontraba con el mundo, y era difícil relacionarlo a las expectativas fabricadas por una caja que no conoce más que su propio fondo, ya que por muy fenomenal que esté bosquejado, no se condice con el ávido carnaval circundante. Había descubierto un espacio, inmortal en posibilidades, tras el umbral que siempre la guardó.

Un túnel frenético la transportaba. Tener pizca idea de la elucubración vecina, celada a diez centímetros de expedición, era irracional para neuronas capaces. Un paso y, de ni siquiera creerlo, ya estaba en el centro de tal vastilla, rica en formas y destellos.

Los sentidos se regocijaban, en sólo unos metros cuadrados, con millones de detalles desconocidos y groseramente sublimes. El fuego creador de sus entrañas le decía que de tanta unicidad combinable podrían trazarse nuevos géneros orquestales, embotellarse retazos de sonidos diversos y teñidos de colores que saben a cualquier cosa. Cualquier cosa, ésa era la infinidad que podía brotar en esta revelada nebulosa. (más…)

Published in: on 02/07/2007 at 10:14 PM  Dejar un comentario