SILENCIO DE UN COMPOSITOR SORDO, Daniel Murúa

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Imagen: Chema Madoz, fotógrafa mexicana

 

La música fluye y está en todos lados, no la percibimos, no, claro que no. Cuando escribía música antes no prestaba atención a los colores y sabores de la música, no, tuve que perder aquel oído que era mi sordera mayor. Es cierto, quizás ya no compongo gigantescas sinfonías de maestría universal, pero ahora me siento más tranquilo.

Antes podía escuchar como los acordes mágicos rondaban por todo el lugar, podía tomarlos y crear nuevos acordes, que de nuevo no tenían más que de ser los mismos sonidos en distinto orden. Es curioso como opera nuestra mente, yo era incapaz de crear nuevos sonidos, sino al contrario tomaba lo creado transformándolo y recreándolo, los ruidos, la música ya escrita, las voces, todo eso que entraba en mi cabeza y no me dejaba crear, estaba inmerso en una prisión auditiva de clichés pastosos.

Todo cambió aquella noche, que si bien en un inicio fue triste, y con todo su drama incorporado, hoy la verdad es que me alegra. Un buen ciudadano de verde disparo su revólver muy cerca de mi oído, para evitar un asesinato; por supuesto, ese buen servidor público jamás pensó que hacer fuego al lado del oído de una persona podría dejarla sorda, en mi caso ocurrió, no se pediría nada más de un hombre de verde.

Como sea, aquel incidente que en un comienzo me fue lastimero, hoy en día agradezco la puerta que me abrió. He aprendido que la música aún está ahí, sin necesidad de escucharla. Hoy día puedo saborear el rojo y sentir los ritmos de la emoción en mi cabeza, puedo tararear sin saber qué tarareo y aun así saborear los compases que brotan de mis labios.

Aunque no lo crea mi incrédulo amigo, aún puedo escuchar. Tengo la habilidad de saborear las melodías ásperas de un violín y diferenciarlas perfectamente de los gustos lujuriosos del piano. Puedo sentir el aroma a jungla y bosque brotar de los oboes, y palpar con lujo de detalle un Do sostenido en guitarra, cual cuerpo etéreo de exquisito bailar.

La verdad es que hay más sentidos que sólo 5, y lo más terrible es que pareciera que estos 5 sentidos nos destrozan la habilidad para desarrollar los otros, quizás por esto debería ser un agradecido al haber perdido el oído. Ahora me pregunto si acaso un ciego verá mundos más hermosos que el nuestro, o si un sordo de nacimiento sería capaz de crear una música totalmente nueva. Quizás deberíamos aprender a hacer callar nuestros sentidos para expandirnos hacia el infinito. Quizás debería callarme, pues dudo que entre tanto chillido alguien escuche a un loco que volvió de más allá de las puertas.

Me agrada el sabor al silencio, tiene gusto a nada, pero a la vez sus múltiples aromas inundan mi paladar, me hace recordar como se ve tras el otro lado de la imaginación…

 

La Pipa de Pepe

 

 

 

Muchos de mis conocidos se preguntan el por qué de mi adicción al tabaco, y de todo he escuchado al respecto: que tengo un deseo de autoeliminación por ejemplo o que me gusta llamar la atención fumando bastante. Si tan solo supieran las puertas que me abren el humo y el olor tranquilo de las hojas cubanas secas, de los tallos secos de virginia, de incluso el aroma negro de un buen cigarrillo consumiéndose en mis labios. Qué variedad de mundos desfilan entre esa nube pastosa y con aroma a antiguo, a calma y a tranquilidad, qué infinitas posibilidades veo yo en esa masa etérea que para muchos es asquerosa, mientras que para mí es el barro ansioso de ser trabajado.

De seguro sentir el aroma del humo es escuchar la voz de mi abuelo diciéndome “perro viejo” o “cholo querido”, es pegarme un salto espacio-tiempo a momentos mejores, cuando todos mis problemas se solucionaban con un trozo de manjar blanco, o un viaje al campo. Es por esto que el humo me arroja imágenes de mi abuelo sentado en su sillón, con su pipa encendida, o su buen puro, contándome historias divertidas de cosas que jamás existieron y que nunca ocurrieron. Cómo olvidar la vieja broma de arrojar una bocanada de humo sobre mi cara y escuchar su risa tan cariñosa y tierna, risa que ocultaba un recuerdo doloroso y siniestro. Prender mi pipa es recordar el día en que a los 5 años escuché lo que sufrió mi abuelo por un chiste y por una ideología. ¿Tortura de una semana por un chiste? Así parece que era entonces.

El olor a tabaco, su sola presencia es para mí viajar en el tiempo a momentos agradables y también tristes. Prender mi pipa y ver arder las hojas es ver mi primer fogón en un campamento, es recordar mi patrulla, es entremezclar aroma a hierba y olor a humo, ilusión y realidad. Tocar el humo y sentir su suave tacto es poder palpar la ficción, un placer extremadamente extraño al parecer. Saborear el humo es escuchar los cuentos de mi abuelo.

Una vez un amigo me preguntó por qué siempre que fumaba un cigarro, miraba tanto el humo, nunca le respondí por temor a ser tratado de loco, no sería una gran novedad eso. Pero la verdad es que no sólo miro el humo, también intento escucharlo, saborearlo, sentirlo, por que es un pasaje a lo misterioso, lo incoherente, lo irreal, lo irracional, en fin. Para mi el humo es ese portal, por que para mí, el humo la puerta.

Terminada su reflexión, vi apagarse la pipa de Pepe súbitamente, y desaparecer entre la espesa niebla que cubría el lugar. Jamás supe si Pepe existió, o si solo fue un invento de mi imaginación, pero cuando camino entre la neblina suelo sentir un leve aroma a tabaco quemándose, y entonces recuerdo el relato de aquel que viajaba entre fantasmas y mundos de humo.

Abraxas

Las cáscaras rotas explotan en furiosas armonías, mientras las estrellas saludan cálidas al fénix que contempla los cielos del nuevo ardor. Famélicos susurran los planetas ante el amo, saben que el inicio ha comenzado y para con ellos el fin.

Desde el cielo un planeta se estrella, asoman las alas del libre pájaro y en el suelo se esparcen sus blancas cadenas, ya no hay fronteras tan solo despierta, vuela libre ave de las dos colas que el señor de la luz y las sombras te reclama, y es que nunca habrá dioses perfectos, como tampoco imperfectos existen aquellos.

Solo caen los rocíos escarlatas de un ritual siniestro, el dar a luz un sentimiento profano y sagrado, asi como Caín hiciera ante su borrego hermano y al ser desterrado conociera la infinita verdad, que su marca es el haber pensado tras el espejo.

El templo cierra sus puertas para la revelación. Un pájaro rompe el cascarón, mientras las estrellas lamentan la partida de Venus, el cascarón es el mundo decadente que mengua en lo ufano y a kilómetros vuelas alto como aquel pájaro.

Para contemplar el universo has de romper el cascarón,un mundo has de destrozar para poder volar a la libertad, y tu premio se alza a la espiral eterna, pues Abraxas espera a las puertas del infinito, él custodia el vórtex del olvido.

 

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Published in: on 20/07/2007 at 2:34 AM  Comments (1)  

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  1. Sólo un apunte, Chema Madoz es un fótógrafo español 😉 Un saludo.


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