OKAGE (o “el cuco es famoso en todo el mundo”), Paula Martínez

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– ¡El cuco! ¡El cuco!

Y corro. Mi mamá me había dicho que el cuco no existía, pero me acaba de decir “¡Bú!”, entre las oscuridades medio heladas y con olor a cortina de mi pieza. Me dan ganas de llorar, pero apenas siento el calorcito rico de la cocina de mi casa, el tap-tap de mis pasos contra la arcilla apisonada del piso, y la voz de mi abuela diciéndome “¿qué pasó, mi niñita linda?”, se me va el miedo altiro . Como si nunca hubiera estado ahí.

La mami-abuela me envuelve en su olor a crema dulce y pan, y me acaricia la cabeza. “Mami, el cuco apareció en mi pieza, y me quiso comer”. Se ríe pausado , despacito, como si tuviera todo el tiempo del mundo para reírse. “El cuco no existe, mijita, ¿cómo se le ocurre?”… “Pero, échale al Pancho igual, mami, pa’ que lo espante y no me coma…”

Y como apoyando mi propuesta, el Pancho comenzó a ladrar con fuerza desde su casita roñosa del patio. Ya me podía imaginar su aliento hediondo en mi cara – olor a baño, decía yo, y mi mamá se reía – y su pelo largo que me hacía cosquillas burlonas. “No poh, Danielita, dejemos descansar al Pancho que está tan viejo, el pobrecito…”. “¿Los perros se ponen viejos, mami? ¡Pero si el Pancho siempre ha sido viejo, porque siempre ha tenido el pelo blanco!”

La hago reír otra vez. Me gusta hacerla reír, arruga los ojitos como si los hundiera dentro de sus mejillas. “Yaaa, yaaa… A mí me parece que al cuco no le gusta la leche, y si te viera tomando leche, yo creo que saldría arrancando, y no volvería más del puro susto. ¿Qué te parece?”Me gusta la idea. Espero mi mamadera mirando los bracitos del reloj jugando al corre-que-te-pillo, y cuando la recibo, saboreo con ganas esa tibieza con olor a plástico y a leche Purita.

Y ese sabor latigudo, olor dulce y amable, me hace olvidar que hay monstruos en mi pieza.

O , más bien, recordar que me pareció oler el perfume algo atontante de mi tío en la oscuridad.

 

Instrucciones para sobrevivir el encierro entre cuatro paredes grises

Paula Martínez

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En primer lugar, deje de rasguñar las paredes como si fuera claustrofóbico – no olvide que usted es agorofóbico, cuidado con perder su identidad-, y párese en medio de la habitación gris. Contextualícese: estamos en el siglo veintiuno y, quiéralo o no, la imagen en blanco y negro ya pasó de moda, así que procure conservar sus colores, y no confundirse con la escala de grises del papel tapiz (tenga cuidado de no convertirse en arco iris: recuerde que en el equilibrio está la fuerza).

Una vez que haya aceptado la idea de que está encerrado y haya recuperado su colorido antinatural, imagine una ventana en el centro de una de las paredes. Olvídese del diseño, o de si prefiere las persianas a las cortinas: focalícese en un cuadrado con buena luz, ya podrá pensar en el buen gusto después.

Ya tiene luz. Ahora , imagínese un rumor de peces desorientados, el canto de un opereta fuera de forma, el enfriamiento del calentamiento global, el ballet en un partido de basquetball y proceda a saltar, bailar y chocar contra las paredes como si fuera una feliz y despreocupada pelota vasca.

Si ya ha entrado en calor, está listo para seguir adelante con la siguiente instrucción.

Recuerde las “Instrucciones para cantar” de Julio Cortázar – ¿Cómo? ¿No ha leído aún “Historias de Cronopios y de Famas”? ¡No sea sacrílego! ¡Corra inmediatamente a leerlo!- y comience a cantar lo primero que se le venga a la oreja. Procure que sea una exquisita pieza musical – como un reggeaton, por ejemplo -, y no un mamarracho de ésos que suenan ahora en las radios – ¿Un tango? ¡Por favor, qué falta de cultura…!-

¿Ve cómo la habitación cambia, y se vuelve un poco menos estrecha? Significa que, hasta ahora, ha seguido correctamente las instrucciones.Prepárese para la siguiente.

Como el reggeaton no era lo suficientemente largo, se ha quedado usted sin pasatiempo. Pues bien: agarre un trozo de carbón – si no tiene, puede pedirle uno prestado a su vecino de habitación, el protagonista de la película “Fuga”, que tiene la habilidad de hacer aparecer trozos de carbón de quién sabe dónde para escribir su música en las paredes…- y comience a rayar las paredes con entusiasmo. Intente rayar cosas sin sentido, como unas ilustraciones para el Réquiem inconcluso de Mozart, o la clave para que la gente chiflada deje de dar jugo – es una suerte que nadie nunca vaya a ver lo que usted escriba…- , y bajo ninguna circunstancia vaya a escribir una partitura macabra – de eso ya se está encargando su vecino…-.

Aléjese un poco y contemple su obra. ¿Complacido? He aquí la última instrucción.

Como su habitación se ha vuelto un lugar más que habitable, llegó el momento de abandonarla: inhale todo el aire viciado que pueda, cierre los ojos, y salga volando por la ventana que usted mismo creó.

Ah, y no olvide darle las gracias a Julio Cortázar por haber tenido la idea de guiar a la gente con instrucciones mucho más útiles que los manuales de “hágalo usted mismo”. Y esto no es un sarcasmo.

Especie en extinción

Paula Martínez

Cuando te encuentras cara a cara con un animal en extinción , es imposible no pensar en lucrar con la oportunidad. Siempre estará ahí tu parte perversa diciéndote: vamos, llévatelo a tu casa, mantenlo ahí e invita a gente a verlo, siempre cobrando entrada, ¡ganarás millones en poco tiempo! Pero sucede siempre que los ojos enormes y suplicantes del animalito te parten el corazón en dos, y tu parte oscura se queda con la boca abierta, impotente, mientras la otra parte, conmovida, le hace cariños al animal, y se lo lleva en brazos con mucho cuidado.¿Y qué pasó con el negocio? Olvídalo, yo lo voy a cuidar…

Te lo llevas a la casa, lo sientas en el sillón y, mientras él husmea entre tus libros a ver si puede comerse uno, tú intentas investigar cuál es el nombre completo de tu visitante, y de qué cosa se alimenta. Obvio, a un animal en extinción no puedes darle cualquier cosa.

Después de un rato, te enteras que se trata, nada más ni nada menos, de un Nanán Besador, de la perdida familia de los Nananes Sureños, que supuestamente viven agazapados en algún sector cerca de Coyhaique. Miras al Nanán mordisqueando un pedazo de pan que estaba encima de la mesa, y de veras te sorprende verlo aquí, en Valdivia, tan lejos de su casa…

Entonces, según reza la página en Internet que consultaste, le das pan con mermelada – mucha – y chocolate, alimentos esenciales en la dieta de un Nanán Besador, y luego le acaricias el pelo. Pasan los días, y te encariñas y te encariñas con el Nanán, hasta llegar a un punto en el que miras el teléfono con nerviosismo cada 10 segundos, preocupada de que algún miembro de Green Peace pudiera reclamarte a aquel “especimen rarísimo y valioso”, como lo llamarían ellos.

Vas a ver al Nanán, y notas que después del par de meses está mucho más grande de lo que llegó; piernas y brazos más largos, el pelo también, más delgado – algo desgarbado – y con una pelusa que anuncia una barba incipiente. Y el lunar al lado de la boca; claro, piensas, según la página de Internet, ésa es la última prueba de que ya está adulto.

Y tocan a tu puerta. Te asomas a la mirilla, es la Sociedad Protectora de Animales. Asustada, corres y tratas de agarrar al Nanán para salir corriendo, pero está tan grande que no puedes levantarlo. Escuchas el grito imperioso de ¡Abra la puerta, señorita, o se verá en serios problemas con la ley!, y apuras al Nanán para que se mueva y te siga. Los gritos suben de volumen, y por último escuchas la puerta salirse de sus goznes de un puntapié. Ven, sígueme, le dices al Nanán, estirándole una barra de chocolate, pero el Nanán en vez de seguirte, se te lanza encima y comienza a cubrirte de besos, sin dejarte pensar ni respirar. ¡Apúrate, apúrate! ¡Te van a llevar, ahí vienen! ¡Ay, no me des más besos!

Ahí es cuando los hombres entran, y…

-¡Auu, ya, déjame terminar de contarte la historia!

Parece una ardilla, riéndose ahí, ovillada, víctima de tus besos ahogantes. Te preguntas que de dónde sacará ideas para decir tanta idiotez junta, y sin embargo, te gusta que sea así, idiota sin remedio. ¿Por qué insistes en decirme que soy un animal? Porque lo pareces, mira, así, por cómo comes chocolate y ruedas por el piso y haces caras de animal. Soy tu pololo, no tu mascota… ¿No te gustó la historia que te conté, la del Nanán Besador?

Y te mira con los ojos grandes, cambiantes, suplicantes…

Y te ríes otra vez. La prefieres así, sonriente, sin lágrimas, sin saber exactamente quién es mascota de quién, o si ambos se adoptan mutuamente.

 

 

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Published in: on 09/07/2007 at 4:40 PM  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. hola soy samira , para mi esas son puras mentiras que les hacen a los chicos para que se asusten y yo no se los diria a mis hijos son pabadeses besos y chau …

    (POSDATA)
    !! NUNCA SE LO DIGAN A SUS HIJOS POR QUE SE ASUSTARAN FASILMENTE¡¡¡


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