OLORES A FAMILIA FRAGMENTADA, Alexandra Millán

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Sentados todos, parados otros, deambulando aquéllos. Nos reuníamos en torno a la gran mesa familiar donde el patriarca, como es tradición en las generaciones de los padres de nuestros padres, se sentaba en la cabecera de la mesa, para observarnos a todos y hacer que nuestras miradas se tornen a él. Un olor a familia descompuesta se me hacía presente cada vez que debíamos visitarlos para cumplir con la gran fragmentación que nos habitaba, así como habitan los ratones en las casonas antiguas que huelen a polilla y a todo lo demás, con sus presencias de telarañas y polvo que en vez de sentirlo con la nariz lo sientes hasta con la garganta y para qué decir el sabor que tendrían mis ojos si alguien intentara besarlos bajo ese hábitat.

Entonces luego de pisar la casa estilo colonial, venían los saludos hipócritamente afectuosos, donde el perfume de mi tía mayor, un Channel número no sé cuanto (adjudíquele el que se venga a la memoria) quedaba impregnado sobre el Paco Rabanne que a hurtadillas le había sacado a mi madre, molesto olor que me seguía hasta cuando se supone, escapábamos, yendo a la paz del hogar… de nuestro hogar.

Luego de este incidente del Channel, que más parecía colonia inglesa, venían los primos que apenas se sabían nuestros nombres y los pronunciaban con indiferencia y restos de desprecio maloliente, lo que nosotros combatíamos con risas llenas de olor a fuego, de abrazos de papá y mamá, sentados a la orilla de nuestras camas diciéndonos “buenas noches”. Después nos mostraban sus adquisiciones últimas, las cuales poco tomábamos en cuenta con mi hermano chico, quien venía impregnado de chocolate con aroma a café y a leche. Luego del fastidioso contacto con el olor a emulsionado de los primos, había que saludar a la Abuela y al Tata, sujetos que conocíamos por que el papá hablaba de ellos y por fotos que alguna vez, cuando no habían errores ni rencores, se tomaron juntos. La Abuela nos saludaba, por respeto a su primogénito, con una sonrisa envuelta en papel de dulce, yo lo presentía en cada uno de sus besos que sabían a gato traidor, presentía su desplazamiento como si fuéramos los arbustos de la orilla de la línea del tren, donde crecía la murta que recolectábamos gustosos para escapar de los grandes que tenían olor a limón, junto a esta travesía, la destreza de caminar sobre los durmientes gastados y podridos que adornaban la huerta que era el único lugar donde mi nariz y mis sentidos podían desarrollarse en plenitud dejando de lado el fétido asado de vacuno o de cualquier otro animal, que invitaba a comer carne a la familia, reuniéndola en torno a un ser que yacía muerto sobre la bandeja de plata que estaba destinada para estas ocasiones, y que mamá me obligaba a comer para no evidenciar que yo era una pequeña mujercita que despreciaba los apetecibles, para los demás, platos de la Abuela.

Al final, venía el postre, etapa de la rutina de comer a las 3 de la tarde, a la cual no estábamos acostumbrados, por tener rutinas propias de una familia autónoma, nosotros nos devorábamos lo que fuese, imaginando que nuestras narices diminutas sentían chocolate y así con ese aroma a placer, terminar pronto y sentir que se adentraba el momento de marcharnos de los muebles grandes barnizados, que nos dirigían a un estado de delirio donde podríamos haber tergiversado esa manipulada convocatoria, para transformarla en un encuentro terrícola pasado a frambuesas con crema, oliendo a alegría compartida.

Nos despedíamos de todos y salíamos despegando a vuelo de avión mantarraya, sobrevolando la huerta para coger alguna lechuga que mamá prepararía al día siguiente en nuestra mesa comunal. Nos íbamos jugando por la línea donde ya no pasaba el tren, sino nosotros, recorriendo el río y el barrio antiguo de Collico donde se tejen y se aspiran historias de antaño, pero donde yo no puedo construir ni un solo ideario, pues no puedo vivirme la vida cerca de mis recuerdos de infancia donde el olor a miseria se siente desde que pienso el lugar hasta que lo saboreo para expulsarlo de mi boca y de mis entrañas.

 

Del ver y el verte

Alexandra Milán

Cuando sientes la sequía de moldearte cómo tú quieres y siempre termino visualizando todo a mi antojo, me preguntas por qué y no te hago caso… Cuando quieres que te vea sin tus contornos, me adjunte a ti y te diga te amo, yo sin embargo, me separo, te demarco, te delineo y te escribo un te quiero… Entonces te magnifico respecto a mis ansias acordes con el día, el momento, el deseo, y mi rabia. Te distorsiono y hasta te deterioro cuando comienzas a parecerme una luciérnaga que brilla ambigua, cuando yo quiero dormir para sentir que todo lo puedo ver, porque cuando estoy en estado onírico visualizo cómo querías que te vea, porque ahí nada es tan clarífico ni tan nublístico… Entonces vuelvo a vivir y te has ido; yo estridentemente grito porque soy libre de ti y de explicarte lo que no sé descifrar.

Hoy es otro día y me dispongo a salir y leer 1000 libros con 8000 mil páginas a la distancia mínima que separe mi nariz y sus hojas, entonces he unido a quienes me dan sentido y me dispongo a ser útil, ya no para tu silueta de hombre incipientemente machista, sino para inertes sujetos que contienen un trozo de sabiduría y sentimientos impresos más o menos a lo Gutenberg. Ahora vamos caminando mis libros y yo, las láminas con las vocales que unidas no significarían ningún nombre, pero que yo junto y releo para inventarme un juego donde tú no vengas a fastidiarme, avanzo pensando en qué mensaje traerán tus ojos perfectamente creados, bajo el alero de dos cejas robustas que me miran como queriéndome decir: otra vez volví junto a ti… La verdad, respecto a él no sé qué es más envidiable, si su pupila diminuta adornada de color o si su fortaleza para volver y mentir.

Estoy en casa y a mi desgracia te presentas con flores rojas cuando sabes que las odio si están en las manos de un idiota, por arrancarlas de su espacio natural, te detesto y te lo comunico con mi particular mirar, me adorno de diablos que te quieren matar, y tú me dices que ya no puedes más. Entonces ahora que ya los postizos han fallado y comprendes mi ceño fruncido cuando te veo como no quiero, te enseño a guiarme como sólo tú puedes saber. Te digo y te pienso, te miro y te siento cómo intentas salvarme de la amargura de no poderte ver, no por distancia sino por una córnea fracturada.

 

Del miedo

Alexandra Millán

Una yace en la esquina de la calle más transitada, por manipulación del azar, espera a la otra, la más desesperada, su colon está en vías de la próxima erupción. Mira a los transeúntes que se transforman en chiquillos embracilados o en guaguas múltiples que pasean en sus automóviles convertibles, manejados por esos hombres de juguete que parecen chóferes elegantes. Entonces dentro de este mundo que se torna al sentido de esos diminutos, como si fuera obligación recordarte que ellos existen cuando tú ya los tienes impregnados en el miedo, la una sigue esperando a la otra, comiéndose las uñas, pronosticando, disfrazando verdades. Entonces aparece, se abrazan sin nada que decir, hoy, como en algún día de la vida de la lengua de una mujer, no hay palabras para definir. Caminan hacia donde las viejas que ya tiene sus vidas armadas y sólo saben tener misericordia con las jóvenes y los enfermos que habitan por placer o por desesperanza aquel lugar, para entregar sus moléculas de sangre, o lo que sea, a los resplandecientes uniformes que sostienen la jeringa.
Nos entregan esa cosa, asesina cosa, que tenemos que leer con nuestros ojos de periodistas y abogados, pero por sobre todo, por todo y ante todo, con el ojo de mujer, con los ojos de la vasija del amor, del dolor. Y es que cuando éste se dilata es incapaz de entender nada y comprender algo. Y todo parece un jeroglífico de esos de la profe de historia, grande y rechoncha que nos amaba y que a una de las dos le entregó el premio de la mejor. Volvimos a entender que una más, otra más, dueña de otro, de ese otro que ahora procede a anidar a este único, tiene que decirnos qué pasa con el jeroglífico. La vida, como dicen todos y algunos, se nos pasó en un segundo, como avisándonos que estuvimos vivas.
Entonces escuchamos lo que a los 20 años, y antes, y después, cuando los cerebros están llenos de sueños imposibles y nos reímos, y vivimos para lo que no existe, oímos lo que nadie pretende escuchar ni aprender a digerir. Se tiñen de pintura tirada con malicia, se derraman, y ya no existen, ya no se dejan ver, porque fueron aplastados por la tinta del papel, así como los graffitis de los cabros hip hop, que rayan la pared de alguna vieja cuica. Así van agonizando los sueños.

Salimos, caminamos, avanzamos y retrocedimos en el interno. Nos abrazamos como refugiándonos del tormento. Lo decidimos, en ningún caso queremos asesinar, en ningún caso queremos abandonar la condición que la tierra nos quiso dar, pero cuando no tenemos los destellos ni la fuerza en el útero ni en el corazón, es preferible evitar el rechazo y la frustración de no saberte amar.

Alexandra Millan

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Published in: on 07/07/2007 at 5:23 AM  Comments (1)  

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  1. hello my name is valentina i love this drawing


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