AROMA FAMILIAR, Catherine Triviño San

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Cuando era pequeña vivía tan sólo a dos casas de mi abuela. En mis momentos de aburrimiento o simplemente para huir de algún castigo podía escabullirme fácilmente y dirigirme hacía ese gran portón de madera que rodeaba su casa, que significaba que ya estaba, de cierta forma, en otro mundo más placentero. Sólo necesitaba tomar bastante aire y gritar: ¡Abuelitaaa! para que supieran que era yo la que quería entrar y que por falta de altura no alcanzaba el pestillo. Unos segundos más tarde divisaba por entre la madera a mi tía que salía a recibirme un poco burlona por el grito que más de algún vecino había alcanzado a escuchar.

Cuando ya estaba adentro, lo primero que hacía era correr a la cocina con la certeza de que allí estaría mi abuela con su mirada bondadosa esperándome.

Recuerdo muy bien esa cocina y cómo me hacía sentir, tal vez porque hoy sigue siendo igual a pesar del paso de los años y mi mente mantiene vivas las sensaciones del ayer. Cada cosa en su lugar, la estufa a leña prendida en casi cualquier época del año y esos inconfundibles aromas, como el pan en el horno, vainilla y huevos para algún küchen. Así era esa cocina y así es todavía.

Siendo niña, nunca faltaba la ocasión en que mi abuela estuviera haciendo algo rico para la familia o simplemente para mí cuando andaba con mañas o a toda costa quería algún postre que se me ocurría en ese instante. Y es que, tenía sus ventajas ser la única nieta mujer.

Durante el invierno, me encantaba irme a alojar donde mi abuela y levantarme muy temprano igual que ella. Siete de la mañana y las dos en pie. Ella haciendo el fuego y yo poniendo las tazas para el desayuno. A veces, cuando llovía, me sentaba al lado de la ventana y me perdía observando las gotas de lluvia que caían por el vidrio mientras mi abuela freía sopaipillas. Luego, cuando el agua paraba, no aguantaba más y salía de improviso al patio delantero, sólo para aspirar ese aroma del pavimento y pasto mojado. Ese olor me relajaba y me hacía respirar profundamente; ahí era cuando me salían a retar y me decían que entrara inmediatamente o si no me iba a resfriar.

Ya cuando estaba por llegar alguna fecha importante, como Año Nuevo, era tradición ver a toda la familia reunida en la casa de mi abuela y cada integrante realizando alguna actividad. Claro que como yo era la menor, no tenía nada que hacer o por lo menos no se arriesgaban a darme alguna tarea con la excusa de que me podía quemar, cortar, etc. Así, sólo me limitaba a vagar por todas partes y observar a los demás.

Cuando me acercaba a la cocina y sentía un fuerte olor a limón sabía que mis tías y abuela estaban aliñando una gran variedad de ensaladas y se me hacía agua la boca, por lo que cuidadosamente entraba y trataba de robarme algún pedacito de limón, y cuando no lograba este propósito me conformaba con sacar un puñadito de sal y salir sin que me vieran.

En el patio, la cosa era más animada. Mi papá y tíos tenían la ropa pasada al vino que acababan de beber y se preocupaban de avivar el fuego del asado mientras conversaban de cualquier tema gracioso. Pero, a pesar de querer estar con ellos, evitaba quedarme ahí, no porque me echaran o ignoraran, sino porque no soportaba el olor a humo y las cenizas que llegaban a mi nariz y ojos; me hacían imposible respirar y ver con claridad. Además, el calor se me hacía insoportable, como si estuviera parada frente a un volcán a punto de hacer erupción o algo así, por lo que huía rápidamente hacia el interior de la casa. Al final, no me quedaba otra que esperar a que todo estuviera listo y poder sentarnos a la mesa todos juntos. En esa mesa era donde podía disfrutar al máximo. Los aromas de los alimentos se entremezclaban y a la vez se untaban de la dedicación que cada persona había puesto en su elaboración. Posiblemente hasta los deseos más ocultos de cada persona, se desprendían camuflados en cada bocado y cada olor.

Aún hoy, cuando visito esa casa y beso a mi abuela en la mejilla, puedo sentir en su piel el aroma a pasado, a momentos felices y a una que otra comida familiar que me devuelve certezas, colores conocidos y paz.

Escuchando en silencio

Catherine Triviño San

 

Miro alrededor de mi cuarto y me quedo embobada mirando el reloj de pared que hace años se encuentra en el mismo lugar. El tic-tac antes común y hasta un poco molesto en las noches, se detuvo por completo. Si no fuera porque lo estoy mirando diría que se le echó a perder la pila o simplemente se descompuso, pero no, sus agujas siguen avanzando igual que siempre y la hora se mantiene exacta. Ahora, cada cosa ha tomado un nuevo sentido para mí. Sé que ya no están los sonidos, pero a cambio de eso me asombro con los redescubrimientos que he hecho.

Como cada sábado en la mañana, me dirijo a un banco de la placita que queda cerca de mi casa. En esa plaza he acumulado muchos de mis recuerdos de niñez. Siempre me gustó jugar ahí y tener a mi plena disposición los juegos, especialmente los columpios, y soñar a que algún día sobrepasaría las leyes de la gravedad con uno de mis impulsos, llegando quién sabe a dónde. A veces vuelvo a los columpios, pero prefiero quedarme en uno de los bancos cercanos y dejarles los juegos a los niños pequeños que siempre se pelean por usarlos. Así también, me entretengo viendo sus caritas llenas de sonrisas y de sueños.

Si bien ya no logro escuchar ni las risas de los niños, ni el ruido de los autos al pasar o los pájaros cantando desde sus nidos, me consuela el poder maravillarme con las cosas que aún puedo ver o sentir de otras formas. Me encanta observar a la gente pasar y tratar de imaginar por sus caras y acciones las cosas de las que hablan o cómo se sienten. Llega a ser casi un reto para mí leer los labios a esta distancia, pero la gente no sabe cuánto dice sólo con sus movimientos y gestos. Esas dos mujeres vestidas de manera elegante que van ahí, seguramente hablan de algún aumento en el trabajo, de algún viaje al extranjero que realizarán o tal vez de una nueva conquista hecha por una de las dos. Es divertido, quizás sólo estoy haciendo conjeturas falsas, pero mi imaginación se ha vuelto cada día más ágil y logra darme ideas acerca de todo antes de poder confirmar si son ciertas o no.

Un día, mientras caminaba por el centro de la ciudad, vi un anuncio acerca de un encuentro coral que se realizaría ese mismo día en un local conocido y tuve unas ganas incontrolables de asistir. No sé bien porqué, pero algo me decía que tenía que ir. Algunos encontrarán estúpido que alguien que no escucha absolutamente nada vaya a un encuentro coral en el que precisamente el sentido de la audición es requisito fundamental para apreciar el evento, y yo bien lo sabía, pero no podía evitarlo. Además, nadie sabría que entre ellos se encontraba una sorda, así que no importaba la opinión del resto.

Así, me dirigí al lugar, entré como cualquier otra persona a ocupar un asiento y ahí me quedé.

Uno a uno se fueron presentando los grupos corales. La gente estaba feliz de presenciar a todos esos jóvenes que cantaban de forma celestial. Yo sé que así era, a pesar de seguir sumergida en el máximo de los silencios. Al mirar el movimiento de sus bocas al cantar y sus expresiones de concentración total en lo que estaban haciendo, mi mente creaba una a una las notas desconocidas y tocaba para mí una suave música interior. Era la música más bella de todas, como si un grupo de ángeles estuvieran en mi cerebro interpretando el sonido inaudible en la realidad. Un impulso me hizo cerrar los ojos. Todo cobraba un sentido. La exquisita melodía era todo para mí en ese momento, incluso podría jurar que escuché otra vez a los pájaros, sentí otra vez el ruido de los autos en las calles, el llanto de un bebé a lo lejos y un centenar de otras cosas que creía haber olvidado. El tiempo mismo dejo de importar y mi universo se quedó detenido.

De pronto, sentí algo suave y cálido pasar por mi rostro. Abrí los ojos y noté que se trataba de una anciana de cabellos blancos y con aspecto bondadoso que posaba su mano en mi mejilla. Miré hacia el escenario, pero ya no había nadie. El espectáculo había terminado y yo ni siquiera me había percatado de ello. En el lugar sólo me encontraba yo y la anciana a mi lado. Le sonreí, me levanté y sin que me dijera una sola palabra tomó mi mano y me encaminó a la salida. Afuera ya estaba oscureciendo. La mujer, que todavía me miraba con una sonrisa, me indicó con el dedo una de las calles y luego, simplemente, se perdió entre la multitud.

 

                                         

                                                  Una Ciudad de Dos

Catherine Triviño San

En esa ciudad no había nadie. Había casas y podías ver las luces brillando a través de las ventanas, pero en la calle, nadie. Así que decidí irme de viaje, esperando que alguien a quien busco, me encuentre. Quiero conocer a alguien que sea sólo para mí, entonces será el momento para que los dos nos marchemos. Pensando en eso, me voy de viaje a otra ciudad.

Pero, como temía… aquí tampoco hay nadie. Todo el mundo está en un profundo sueño, del cual no quieren despertar. El tiempo pasa y ellos ruedan en un sueño donde pueden hacer todo lo que quieran sin preocuparse de nada ni de nadie. Pero ese sueño no es real y es algo que sé muy bien porque yo soy yo y vivo, realmente vivo.

Hoy volví a buscar a esa persona a quien no conozco, alguien que me quiera aunque no pueda cumplir sus sueños. ¿Existirá una persona así?, ¿le gustaré yo y sólo yo?, ¿dónde estará ahora, acaso muy cerca?.

Una vez que lo encuentre, dentro de mí, sólo habrá una persona. Cuando sonría, seré feliz. Cuando esa persona cumpla sus objetivos, seré feliz. Sé que será distinta de las demás personas, más preciada y especial. Sigo buscando, pero ya el tiempo se me hace eterno. ¿Será que tendré que seguir sola? No, mis pensamientos seguirán cobijando la posibilidad de hallar a alguien que como yo, se sienta solo y perdido.

Ya se presenta la noche y la luna se convierte en mi única compañía. Más allá me parece ver una silueta. Tengo miedo, no sé si acercarme o no; puede tratarse de algo que quiera hacerme daño o tal vez sea simplemente mi imaginación jugándome una mala pasada. Me sentaré un rato y observaré con más atención. Además, hace ya mucho que camino y necesito un breve descanso. La silueta sigue ahí, inamovible.

Me sumerjo nuevamente en mis cavilaciones mientras observo el cielo nocturno. Sería agradable que la persona que busco se diera cuenta de que lo quiero. Sería agradable si también él me buscara incesantemente. Y que esté por llegar el momento en que las ciudades vacías dejen de importar, porque seremos nosotros dos los responsables de llenarlas.

Mis ojos se sienten pesados, el cansancio está haciendo su aparición. Ya no distingo bien las figuras, el sueño se apodera de mí.

Siento una mano que me toma el hombro con delicadeza. Abro lentamente los ojos y distingo otros ojos que me miran.

-¡Amor, despierta! Tenemos que entrar a clases-.

Sonrío. Al fin te encontré.

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Published in: on 06/07/2007 at 7:25 PM  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. (Aunque diga “richisanke” soy yo, la polilla ^^)

    Humm, difícil esto de elegir un favorito…aunque creo que lo que sí puedo hacer es decirte qué es lo que me gustó de cada uno:
    1 . “Transportante” . Leía, y me imaginaba siendo una pequeña Cathy – san revoloteando alrededor de los olores del año nuevo. Me dieron ganas de estar realmente ahí…
    2. Tremendo mundo interior, el de ella. siempre que algo te falta, se suple con creces de otra manera, y en su caso, el suplente fue una percepción medio mística ^^
    3. Cofcofyoyaloleíprimeroquetodosustedescofcofcof…
    Ojalá el señor aludido haya dado las gracias correspondientes por la ternura de texto que le dedicaron.

    Y para terminar…¿Recuerdas esa sensación en verano, más o menos a las ocho o nueve de la tarde, cuando comienza a anochecer y te sientes un tanto suspendid@ en una suavidad? No se si a alguien más le pasará lo mismo, pero al menos a mí eso me provoca leer lo que escribes ^^


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