DEBILIDAD, Vanessa Parada

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Tac, tac, tac, tac. Cuatro escalones y llegó a destino. No quería verla así, no tenía la fortaleza para sostenerla mientras se deshacía sobre la batea. “Tendrías que estar aquí”, cómo extrañaba la fragancia segura, brava y pensativa, de su cariño malo. Soltaba grandes sollozos de lágrimas soñolientas y exhalaciones que sabían a los postres que no alcanzó a comer. Olía a cloro y a betún de calzado, ese de tono escolar, con el que se preparaba para recibir al anónimo lunes, que esperaba bajo las mantas de la noche helada. Estaba tan despreocupada de sí misma, todo el tiempo se reasignó de los ejes normales al doble rol: padre y madre.

Eran casi las tres de la mañana y a las seis y treinta comenzaba su rutina, nuevamente. Una mañana que auguraba con ansias los momentos felices, de una puerta batiente y tonificante, que traía una visión, pasada, con hedor a campo y matas floridas. Le provocaban, en la garganta, un revoloteo llamado logro, ganancia que podía acariciar, con su vista empapada, sobre la remarcada hoja, escrita a trazo infantil, y merecedor de un almuerzo más seco que mojado.

La planta baja ya no olía a pino. Sin embargo, a pesar de un mal festín, en las habitaciones superiores, el jardín de sus niñas, permanecía la calidez del juego. Podía verse correteando entre mantas osadas, colgadas de los firmes clavos que su marido puso alguna vez, llegando a las pequeñas cosquillas que cumplían en marzo y octubre sus valientes años. Las atrapaba a besos y mordiscos, mientras que las acarameladas soltaban enceguecedoras carcajadas y cítricos gritos que iban a estamparse en las hendiduras rectangulares, promovidas por los modernos ladrillos color champagne.

Sabía qué hacer, pero no lograba mantenerse derecha, le provocaba vomitar a ella también. Se esforzaba por repetir lo que diría él, en estas circunstancias. “Eres fuerte, Guagüita, yo no podría verla sufrir de esa manera. Desde la primera célula, has soportado el dolor de su milagro”. Era todo lo que quería desde los catorce años, nada le había traído más dicha, en él se resumían los aromas que necesitaba recordar. Pan amasado, tomates frescos, ciudad, campo, Angol, Valdivia y Santiago. Todo cincelado a su rostro por los besos del hoy ausente.

Las ventanas de enfrente, por esos largos tres meses, mirarían la misma calle vacía con gusto a viejo, y la cama del dormitorio principal se preguntaría por el dueño de casa y por las lágrimas en su costado derecho. Es que, el equilibrio caminaba junto a los lustrosos zapatos de quien, tres y siete años antes, fue partícipe de la creación.

La cabellera de su Chachy seguía igual de brillante, pero en los ojos se le apagaba la razón con cada sedimento estomacal que era disparado, sin medida exacta, bajo sus saladas angustias protectoras.

“¿Tendrás frío?”, se preguntaba, sin antojo de rehuir a la situación, y podía divisar la estela de la ausencia, que le guiaba a la frontera cordillerana. “Mamita… no quiero… me duele”. Volvía al arrullo maternal, hogar pestilentemente tibio, climatizado a bazofia dorada y vinagre rancio. La pequeña cabeza asomaba, entre sus brazos, e iba a dar a centímetros de la cubeta. No veía más que una sobrecogedora acuarela borrosa y desgarrada, de tintes mañosos de niña enferma e hilos vaciados al abandono, en matices furtivos e indiferentes del adolecer digestivo de la frágil “Vanessita”.

                                               Desvendada

Vanessa Parada

 

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Oliver Wetter, Alternative reality


Tras del cerrojo, escondió las tijeras. Había reformado y destrozado, hasta por el revés, todo acolchado, afranelado o transparente pedacito de trapo que blindaba su habitación. Hilachas, fracciones, nada que moldear. No lograría dirigir una sinfonía hasta tener las notas adecuadas. Un Re bemol, un Do de pecho y el Si sostenido que tanto le gustaba. No quedaba nada a lo que darle grafía.

La gestión requería asolearse de bullicio. Adquirir texturas en retazos de colores acordes a los acordes de una tonada no le era tarea conocida. En alguna parte quedó el ir y venir de la ayuda. Ahora debía encontrar la puerta por sí misma. Sopló y escribió delicadas formas ululantes entre las plumas del edredón, el mullido relleno del sofá y las cortinas tapizadas de volutas bordadas de luz. A un lado, al frente, rodear la mesita, girar al compás de las manecillas del reloj, cruzar la lluvia de mostacillas, abrir, cerrar. Un paso y chocó con descoloridas y desafinadas mantas. Hola, ¿cómo está usted? Recordó haber oído esas palabras dentro de alguna de las canciones que su madre pronunciaba al salir por entre los ladrillos textiles de su morada tornasol. A pesar de estar falta de perfección, la composición le hacía llegar un tono dulce, manchado de ciruelas y con el fresco ronronear que poseían los ojos de su madre. Dispuso, entonces, que entablaría convenio con aquella bienvenida. A medida que bailaban diversos modos a su crítico tímpano, notó que la casualidad que construía aquellas armonías le daba carisma a su tonada, una atracción que no sabía podía lograrse con el arte aprendido desde las reglas. Quería ver más, sentir toda clase de nuevos dolores de oído, dolores que renovaban la estética cerebral de sus jóvenes años.

En la sala participaban texturas mullidas y suaves, no parecía haber espacios equitativos entre tonos pesados y cálidos, era más bien una arquitectura estampada de sombras y luz que bañaba de azúcar derretida las caras de los accesorios inmediatos. El escenario provocaba echarse a parlotear estrofas llenas de combinaciones hechizas y de reír alocadamente sin pensar en los parámetros establecidos por la clara utilidad de reposar. Desde aquel sitio se lograba percibir una desequilibrada balada comestible, los aromas combinados hacían querer zambullirse en la nube de vapor que provenía atada a un chillido que llamó a todos a esconderse dentro de la ebullición. Enseguida se acercaron pasos desordenados, ansiosos de cobijarle en sus furtivas pinceladas de sabor. Su digerir estipuló un contrato a largo plazo entre las sobresaltadas rugosidades de la degustación y las prácticas culinarias de aquellas complejas e imperfectas personas.

Las ilusiones de confortarla, atrajeron el murmullo familiar guardado en sus ojos. Soltaron recuerdos salados, transformando la compañía en caricias. Ella conocía bien las ilusiones, estaba acostumbrada a diseñarlas sobre un equipado arsenal de sueños de las más ricas fibras traídas desde lugares desconocidos, lugares narrados con tintineo maternal. Ahora se encontraba con el mundo, y era difícil relacionarlo a las expectativas fabricadas por una caja que no conoce más que su propio fondo, ya que por muy fenomenal que esté bosquejado, no se condice con el ávido carnaval circundante. Había descubierto un espacio, inmortal en posibilidades, tras el umbral que siempre la guardó.

Un túnel frenético la transportaba. Tener pizca idea de la elucubración vecina, celada a diez centímetros de expedición, era irracional para neuronas capaces. Un paso y, de ni siquiera creerlo, ya estaba en el centro de tal vastilla, rica en formas y destellos.

Los sentidos se regocijaban, en sólo unos metros cuadrados, con millones de detalles desconocidos y groseramente sublimes. El fuego creador de sus entrañas le decía que de tanta unicidad combinable podrían trazarse nuevos géneros orquestales, embotellarse retazos de sonidos diversos y teñidos de colores que saben a cualquier cosa. Cualquier cosa, ésa era la infinidad que podía brotar en esta revelada nebulosa.

Luz matizada de verde

Vanessa Parada

Sólo con desearlo llegué a la selva tropical del Amazonas. Mientras visitaba una exposición de artesanía, me detuve en un puesto que tenía miles de hierbas, raíces, cortezas de árboles y para apreciarlo mejor, simplemente cerré los ojos. Me vi envuelta de fragancias desconocidas, pero que mis genes conocían bien. Luego abrí de par en par mis ojos castaños y vi que estaba sola, sin nadie que se me pareciera, sin nadie que pudiera hablar mi idioma y eso, de algún modo, me gustó.

Podía ver tantas cosas a mi alrededor, sentir la humedad penetrante y el fango resbaloso entrar por las ranuras de mis sandalias. Enseguida me las quité y gocé con las cosquillas que me masajeaban las plantas de los pies. Ya descalza quise ver que tan alto podía llegar si subía a un árbol y como no soy muy experta en el arte de los monos, no llegué muy arriba, pero lo suficiente para apreciar una pequeña parte de la verde selva que me encogía en asombros. Bajé y comencé a caminar con la curiosidad en las yemas de los dedos, con los ojos inquietos ante tanta energía viva. Las plantas me daban espacio, querían que las saludara, me entregaban su rocío en abundantes raciones. Yo quería llorar al presenciar tanta entrega, al ver la alegre escena de los retoños verdes nacer a la luz mimetizada en la salvaje vegetación nutriendo la tierra y exhalando vida por sus pulmones. Si la naturaleza es esto, ¿no debería ser lo correcto que el alma de todo ser vivo esté diseñada para la entrega, para dar todo de sí a la misma fuerza creadora? Y dormí en esa pregunta un tiempo que no recuerdo. Desperté llorada de verde, vi que ya no era yo despegada de la selva, sino que estaba toda bañada de ella. Me recordó que la llevaba dentro y que no debía olvidar el salvaje mimetismo del alma nacida por el poder de la naturaleza.

 

Y abrí los ojos y me vi de pie junto a una estantería.

 


Un abrazo crepitante

Vanessa Parada

La humanidad lo descubrió como un regalo de los cielos.

Una noche nos propusimos reunir leña y realizar uno de los actos más legendarios de este mundo. Queríamos encender fuego, un fuego lo bastante grande para una noche helada, que nos mantuviera arropados sin la necesidad de dormir dentro. Finalmente se logró una gran llamarada, constante y brillante.

Pasé horas mirando en su interior. Algo en mis venas quería impulsarme, de un salto, a su candor, bailar inspirada por su fuerza. No veía la amenaza del calor, me emocionaba poder sentir su abrazo y me sumergía en el silencio involuntario, me callaba su ternura.

La danza se apoderó de la razón y dejó libre todo instinto conocido o descubierto por las yagas, quemaduras cinceladas en la piel. Su caricia me reveló secretos que guardaba en la piel, disfrazados de sangre y genes. Todas las moléculas se expandieron y reventaron en una frenética alabanza al milagro de la vida, moviéndose al ritmo de un nuevo latir. Todo lo que llevé, dentro de mí se confundía con el universo y me calmaba saber que ésa era yo, en completa exposición, no había falsedad en mi canto, no veía máscaras sobre los ojos del fogón. Y creo que luego soñé, despierta o dormida. Soñé con una risa que subía en una montaña rusa, soñé con unas alas posándose en mis pies y soñé con un bebé guardado en uno de mis ojos, no sé cual, pero sé que un día feliz lloraré una lágrima con su nombre.

Ese momento lo guardo en una premonición que suena a dulce, una melodía que abotaga los oídos. Desde aquella noche el infinito se posó en una mirada, que reconoceré, pero que aún no encuentro. La creación fue escondida en una llama.

Anhelo

Vanessa Parada

Se me enseñó que era una criatura de respeto, que se le debe apreciar por su inmensidad, abundante de misterios. Me decían, que un día, cuando fuera grande lo conocería mejor.

Así fue. El mar estuvo más cerca que nunca. La familia y los amigos se apelmazaron a la rutina. Eran todo lo que tenía, hasta que llegó la marea nueva. Traía consigo peces desconocidos, atrayentes a los sentidos, me provocaban nadar.

La curiosidad estaba a flor de piel. La sal recorría, como escalofríos, la sangre que bombeaba de verde azulado el ánimo otoñal. La brisa penetró en mí con toda su frescura. No podía ocultar el gracioso sabor a menta que florecía en mis papilas. Podía ver, en cada atardecer, cómo la luna desde lejos, sin tocar nada, incendiaba la aurora de un azul chispeante.

Sin más, se posó distante. Juega a las escondidas con mi voz. Le llamo, pero no sé su nombre, no responde. Las tildes marcadas sobre la piel me traen el son de una pérdida.

Oculto. Puedo verle tras mis párpados. En su figura veo la plenitud de las cosas, y a pesar de eso no logro sumergirme. ¿La marea está muy alta para mí? ¿Nadie es apto de bañarse en sus secretos sin extinguirse? o ¿será mi sobrenatural prudencia, que escribe sobre el letrero señales de Prohibición?

Acepto que temo a la humedad con la que impregna cada rincón respirable. Semejante espacio y no hay un salvavidas que asegure tu entereza, ni siquiera los científicos pueden descifrar sus profundidades. El misterio me agrada, pero el temor es más grande.

Sentada a la orilla, baño mis pies y espero a que una alegría se asocie con mis tobillos, se enrede y me jale hasta el fondo.

Esta mañana me detuve frente a su oleaje. Me costó respirar. Finalmente lo logré, lentamente mis ojos se abrieron hasta que ya no se pudo más. Esperé, así, hasta que llegué a sentir cómo la boca del estómago se hacía pequeña. Un torniquete, digo yo, una sensación de desconcierto.

Anhelo ver el fondo. Ver desde el fondo los colores que toma a cada hora del día y no conformarme con distinguir el telón bañado guardar la obra maestra. Envidio a la sal que puede jugar a ser amalgama de la incógnita, a ser cuidadora de sus disimulos. Conozco los caminos que llegan allí, pero de empapado intento lo he logrado en las ligas menores. Ahora el reto es la inmensidad, perderme en lo desconocido y dejar las interrogantes en la playa.

Sé que un día llegará a mí la paz y el apetito de alistarme a sus lazos. Sin dudas, sin recelos.

Mientras tanto te percibo, te respeto. Me has dado el ritmo con el que te bates, me has enseñado lo alto que puedo llegar, has humedecido esta piel que refleja tus caricias, me has impulsado a esta reflexión rellena de lluviosas y asoleadas razones.

Publicado en  on 02/07/2007 at 10:14 PM Dejar un comentario

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